Hay una violencia silenciosa que no sale en las estadísticas. No es la falta de rampas, ni el transporte inaccesible, ni la burocracia de las obras sociales. Es una violencia gramatical, una trinchera cavada con una sola palabra, tan común que pasa desapercibida para la inmensa mayoría.

Pasa todo el tiempo. En una charla sobre diseño, en una publicidad de cocina, en un tutorial de tecnología. Alguien, con la mejor de las intenciones, suelta la frase: “Para realizar esta acción, algo que es muy común para nosotros…”.
Freno ahí.
¿Quiénes son “nosotros”?
En ese instante, el mundo se parte en dos. De un lado, el “nosotros” hegemónico, el estándar, el cuerpo funcional, la norma. Del otro lado, el silencio. El “ellos”. Los que no encajamos en esa acción “común”.
Lo perverso es que quien lo dice no busca ofender. Al contrario, muchas veces lo dice mientras presenta una solución, una ayuda, un dispositivo de asistencia. Pero en el acto mismo de “ayudar”, marca la cancha. Define que la normalidad es su vereda y que mi existencia es la excepción, la anomalía que requiere un asterisco.
Ese “nosotros” es un portazo en la cara. Nos dice que, por más que participemos, por más que trabajemos, escribamos o creemos, nunca seremos parte del club de los titulares. Somos los visitantes en un mundo diseñado por y para ese “nosotros” que ni siquiera registra su propio privilegio.
No necesitamos que nos “incluyan” en su nosotros a la fuerza. Necesitamos que dejen de usar la pluralidad como si la capacidad física fuera el requisito de admisión a la humanidad.
La próxima vez que escuches a alguien hablar de lo que es “común” o “fácil” para “nosotros”, preguntate: ¿a quién acaba de dejar afuera sin siquiera mirarlo a los ojos?
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