(Por Máximo Brizuela*). En los últimos días, el gobierno nacional se ha visto sacudido por una serie de audios que evidencian —o al menos permiten presumir— actos de corrupción, en los que se denuncia un esquema de coimas que involucraría, entre otras personas, a la hermana del presidente de la Nación.

El hecho de que esos audios pertenezcan a un funcionario muy cercano a la Casa Rosada —quien fue apartado provisoriamente de su cargo— les otorga un peso aún más significativo.
Si bien recientemente se ha iniciado una investigación que deberá seguir todos los procesos legales correspondientes, es innegable que la situación golpeó con fuerza a un gobierno que tardó varios días en elaborar una estrategia de respuesta.
La reacción fue clara: negación de los hechos, acusaciones a la oposición de orquestar una operación electoralista y la descalificación de un funcionario que, hasta hace unos días, formaba parte del círculo íntimo del presidente y su hermana. Esta fue la estrategia que se puso en marcha durante la última semana.
Desde un principio, queda en evidencia que la pureza moral y ética proclamada por el gobierno no es tal, y que las prácticas más oscuras y corruptas se ocultan detrás de ese velo que insisten en llamar “libertad”.
El gobierno nacional no deja de acumular episodios profundamente cuestionables, no solo en su modelo económico y su plan de ajuste, sino también en casos como el resonante escándalo Libra, de alcance internacional, o el más reciente drama relacionado con el fentanilo contaminado, que ya se ha cobrado más de 100 vidas.
La calidad institucional se ve degradada no solo cuando el Poder Ejecutivo no respeta a los otros poderes del Estado ni a los gobiernos provinciales, o cuando ajusta a los jubilados y deja a su suerte a miles de personas con discapacidad, sino también cuando recurre a las peores prácticas corruptas, mientras ajusta presupuestos, elimina medicamentos y juega con la desesperación y la salud de cientos de argentinos y argentinas.
A casi dos años de gestión, los resultados y la acumulación de estos hechos demuestran que el rumbo está lejos de coincidir con la promesa de “hacer grande a la Argentina nuevamente”. Por el contrario, día a día, las instituciones, las decisiones de gobierno, las acciones de sus funcionarios y la realidad de los ciudadanos de a pie demuestran otra cosa.
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