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Conflicto social: El abrigo de la orga o la orfandad del crimen

Imagen Ilustrativa.

En nuestra desolada tierra, las protestas no son individuales; a nadie se pone a disputar solo, se trate de ir contra la injusticia de la Justicia; se trate de elevar el grito por los dolores que provoca una economía proverbialmente enferma, con esa producción tan naturalizada de ajustar siempre al desabrigado.

Residiendo en los Estados Unidos, con respecto a los arrestos individuales en clave homicida, en ausencia de organización colectiva para dirimir conflictos sociales, Ricardo Piglia decía: “En la esquina (…) un hombre alza un cartel de apoyo al candidato republicano en las elecciones legislativas. Hace propaganda aprovechando el semáforo en rojo. Nunca había visto un acto proselitista de un solo hombre. Acá todo se individualiza. Así funcionan también los atentados políticos. Lee Harvey Oswald; el asesino de Martin Luther King (…). Son solo actos de un individuo perturbado, individual (…) No se ven las luchas sociales, pero su ausencia se expresa alegóricamente: un empleado de Correos, en Ohio, despedido de su empleo, se sube a una torre y mata a los que pasan por la calle”.

La Pampa

La cultura del sujeto individual como promontorio deseado. Un paradigma indeseable que a los argentinos nos lleva de cabeza a los años donde el pueblo terminó licuado en esa construcción sin contornos que llaman gente. Sí, claro, el menemismo; o peronismo de los años noventa.

Cuántas veces nos encontramos espantados de la presunta impunidad con que cualquier grupo organizado (hoy podría no tener siquiera esa aptitud) toma una calle y “destrata” al correcto ciudadano que cumple con la ley. Es verdad, la protesta es odiosa, viscosa diría, inasible; al análisis se suele presentar aún peor, el que examina va del enfoque al escrutinio; es mucho más complejo advertir la textura, densidad, acertar en la carnadura de la agrupación eventual para conseguir lo que se propone… ahí se detienen las certezas.

Vivimos hace cuarenta años al abrigo de una democracia formal, donde el ciudadano no es respetado ni considerado en la pausa que se abre de una elección a otra. No obstante lo cual, destratado hasta el hartazgo, el pueblo decide volver a elegir, sabiendo de antemano que el voto nunca será suficiente antídoto para el veneno que inocula un dispositivo cruel como el capitalismo, mil veces reconfigurado; el que le reserva a países dependientes como el nuestro, ajustes a perpetuidad y retazos temporales de bonanza.

Bajo fuego…Arriba se lee a Piglia decir como zanjan sus diferencias en el país de los “Padres Fundadores” (líderes de la Revolución de 1775/83). Se llevan a la tumba con ellos a cuantos compatriotas se les ofrezcan como blanco inerte (a resguardo de la licencia que permite comprar armas de guerra como si de café o hamburguesas se tratara), y luego la prensa desaloja de sus portadas el caso; mejor aún, se desmarca de la inexcusable indagatoria sobre las fuentes de acto tan demente.

Río Cuarto Transporte

En nuestra desolada tierra, las protestas no son individuales; a nadie se pone a disputar solo, se trate de ir contra la injusticia de la Justicia; se trate de elevar el grito por los dolores que provoca una economía proverbialmente enferma, con esa producción tan naturalizada de ajustar siempre al desabrigado. Pero la televisión devuelve una y otra vez la imagen de los demandantes envueltos en azufre, echando humo por la naríz. “¡Son una vergüenza, cobran planes y encima…” braman menos con voz propia que por repiques de tambores ajenos. Así una y otra vez. Es nuestro patio, lo conocemos de sobra.

En tanto los múltiples diferendos de este lado del mundo – por estériles que resulten en un tiempo de hondo desprecio por los gobernados – no son de un solo sujeto, no hay crímenes horrendos que sinteticen en un ataque armado cualquier conmoción emocional. Balaceras demenciales como los que habitúa mostrar al mundo la degradada potencia norteamericana.

Mientras los latinoamericanos protestamos en masa, los anglosajones de la bandera estrellada asesinan a multitudes, en solitario.

En lo que va del año, hubo 213 tiroteos masivos en EEUU. Casi uno por día. No un corte de calle, crímenes, asesinato de inocentes. 17196 muertos. El año pasado, siguiendo los datos de Gun Violence Archive, hubo 692 ataques armados contra grupo de personas o multitud, y murieron 20920.

Lo curioso fue que, en Argentina, cuando hubo ataques masivos a multitudes lo llevó a cabo el Estado Nacional (público) en beneficio de minorías (privadas). O, quienes suprimieron proyectos de mayorías: se tratara de acabar con la explotación de peones en el helado sur, la Patagonia Trágica en los años ´20; se tratara de gobiernos electos: el tenebroso bombardeo a Plaza de Mayo en el ´55 y las dictaduras que sobrevinieron. Coronados por el holocausto entre el ´76 y el ´83. Todos en el siglo precedente. En veintidos años del siglo XXI, con profundos sismos en la geografía social, económica y aún política; con ejércitos de desocupados, echados y hambreados, ningún argentino salió a disparar a la multitud.

Es poco alivio, dirán algunos, con tantos crímenes diarios, del narcotráfico, la policía y otras bandas armadas; o aún pibes pasados de paco que hacen blanco en vecinos indefensos. Sin embargo, el cronista cree ver en el hecho de que no se salga a matar colectivamente – cuando el piso amaga con tragarnos vivos de un solo mordisco -, un sensible dispositivo defensivo; el de una nación que a semejanza de los materiales en el taller resisten los impactos, una energía descargada sobre ellos, golpe tras golpe, recuperando su estado anterior. Lo que llaman resiliencia.

“En esta desierta hora y abandono, tan débil, tan vencido soy que estoy escondiéndome de todo porque cualquier cosa que me tocara, una mariposa que volara, un papel que cayera al suelo me derrotaría…” En bella prosa, Macedonio Fernández podría haber caracterizado el momento actual del que se debate por no sucumbir. El cronista elige pensar que se trata de un estímulo para no ceder al desafío tempestuoso de este presente, en que nuestras consignas populares están bajo el mayor de los asedios. Atacar a indefensos, en masa, nunca fue ni será opción para los argentinos bien nacidos. Sí, la lucha; sí la integración de voluntades comunes.

* Néstor Pérez es periodista y autor de “La palabra incómoda”.

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