Este 8 de marzo, las mujeres han convocado a un paro en reclamo contra la disparidad salarial y la violencia de género y por el aborto legal, seguro y gratuito. Radiografía de una provincia y un país que reacciona a base de encuestas, redes sociales y humores sociales, pero actúa con una salvaje hipocresía.

La peatonal de Córdoba amaneció con una intervención llamando al #8M. La intervención fue realizada por el grupo @PanyRosas_Arg Foto: Twitter.

Con toda justicia, las mujeres llaman a un paro internacional en reclamo de una extensa y precisa agenda de género, que básicamente persigue la igualdad, en un mundo lleno de disparidades e injusticias, donde llevan la peor parte. En Argentina, como país “clase media” del planeta, buena parte de esa situación es más grave aún que en algunas regiones del globo y mejor que la mayor parte de las naciones empobrecidas o dominadas por férreas culturas patriarcales.

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Primer disparate: es un paro, pero no lo llama la CGT. Las trabajadoras y dirigentes de muchos gremios argentinos participan de la convocatoria, pero la mayor organización confederada que nuclea a los trabajadores del país no participa orgánicamente de la medida. Si lo hicieron la CTA y la CTA Autónoma.

Segundo disparate: el presidente argentino, Mauricio Macri, que tiene sólo dos ministras mujeres (Patricia Bullrich, Seguridad; y Carolina Stanley, Desarrollo Social) de un gabinete de 21 miembros, incluidos la Jefatura de Gabinete y la Secretaría General, emite en el Congreso, un llamado a la igualdad salarial de hombres y mujeres. En Argentina, la brecha salarial entre los trabajadores formalizados (en blanco) es del 20% a favor de los hombres; y entre los informales, llegaría hasta el 35%.

Tercer disparate: en un país gobernado por un presidente pro-mercado (centro-derecha) se promueve la igualdad salarial de hombres y mujeres, cuando es evidente que la famosa muletilla de que el mercado asigna eficientemente los recursos, en el territorio del género, ha sido todo lo contrario: profundamente ineficaz. Esto es, ha fracasado como modelo de igualdad, ya no sólo entre ricos y pobres, sino también, entre hombres y mujeres. El núcleo de la desigualdad de ingresos se asienta en la informalidad laboral que padecen en mayor proporción las mujeres que los hombres (los trabajadores en blanco no tienen diferencias salariales) y en el tipo de ocupación de ellas y ellos: los varones tiende a ocupar los puestos de trabajo en sectores económicos mejor remunerados en detrimento de las mujeres; y las mujeres se desarrollan en áreas de servicios y comercios, con peores remuneraciones, o en tareas que han sido abandonadas por el género masculino por su baja o menor asignación salarial. En consecuencia, el factor cultural patriarcal es sostenido por la acción del mercado. Eso explica que en las automotrices haya más obreros que obreras, y en la educación, más maestras que maestros. Aquí es donde se evidencia, que sin intervención estatal, es imposible adecuar las asignaciones de recursos (humanos) que realiza el mercado.

Cuarto disparate: en los directorios de las empresas argentinas, en 2017, había sólo un 15% de mujeres directoras. Nuestro país es el segundo peor entre más de treinta que fueron medidos por la encuesta anual de la consultora Grant Thornton. Este escenario sólo es superado por Japón, que tiene el 7% de mujeres en consejos directivos empresariales. El techo de cristal en el sector privado no es muy diferente al del Estado.

La peatonal cordobesa intervenida por el grupo @PanyRosas_Arg Foto: Twitter.

Quinto disparate: la diputada nacional y esposa del gobernador Córdoba, Juan Schiaretti, Alejandra Vigo, anuncia que presentará un proyecto de ley para que se declare feriado nacional intransferible al 8 de marzo, para transformarlo en una jornada de reflexión. El primer análisis que se debiera realizar y como publicó ENREDACCIÓN hace casi un año atrás, es que en el Gabinete de ministros del Gobernador, no hay mujeres.

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La realidad supera a la ficción de los discursos escritos como reacción a las encuestas y los estados de ánimo de la sociedad expresados en las redes sociales. La hipocresía y la demagogia se acrecientan frente al descontento o la insatisfacción, pero las reformas o cambios que se requieren para resolver la inequidad de género, son contrarios al pensamiento de quiénes detentan el poder económico y político.

Un solo ejemplo: el gobierno nacional promueve una reforma laboral para reducir los costos laborales (salariales y extra-salariales, esto es beneficios sociales, licencias, etc.) y desató una ofensiva extrema contra los sindicatos que se oponen a ella. Sin embargo, las mujeres trabajan en servicios dónde ganan menores salarios, porque -en general- las condiciones de trabajo allí son más favorables para hacer frente a su rol cultural en una sociedad patriarcal. Es decir, docentes o empleados del Estado gozan de más derechos y condiciones favorables que el sector industrial. En las fábricas, el ausentismo o las licencias son “mala palabra” para la productividad laboral. La paradoja del planteo oficial no tiene resolución: reduce los derechos laborales o busca la igualdad salarial; que requiere de generar condiciones laborales con mayor cantidad de derechos para que las mujeres accedan a puestos de trabajo en sectores económicos con mejores remuneraciones.

El primer paso para avanzar en la igualdad de género, es sobre todo dejar de lado la hipocresía y el doble discurso, tanto social, como político y económico. Eso, aún, no está sucediendo, pero los colectivos de mujeres, con sus acciones y expresiones, obligan a sacarse las caretas.

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