En sólo 48 horas, una seguidilla de episodios en un mismo módulo del complejo de Bouwer encendieron todas las alarmas. Además del arma calibre 32, se encontró una suma importante de dinero en la celda de un pesado. Una historia que traza demasiados interrogantes.

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La Galatea

El hallazgo de un revólver 32 cromado con tres municiones en el Pabellón Central del Complejo MD1 de Bouwer encendió las alarmas el martes a las 10 de la mañana. El arma estaba envuelta en un nylon y escondida detrás de un matafuego, en un sector al que sólo tienen acceso los empleados del Servicio Penitenciario.

La noticia fue revelada en primicia por ENREDACCIÓN a sólo dos horas de haberse producido el “hallazgo”. Esa misma tarde, el Servicio Penitenciario de Córdoba emitió un escueto comunicado dando cuenta de los hechos.

El mensaje oficial confirmaba el dato de que fue un preso fajinero el que dio con el particular envoltorio y avisó sus responsables, en momentos en que se encontraba realizando tareas de limpieza en ese sector que se utiliza para guardar colchones.

El comunicado del SPC, tres horas después de que ENREDACCIÓN diera la primicia del hallazgo del arma.

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El lugar no pareció casual. Se trata de un sector muy cercano al pabellón central del MD1 y a “muy escasos metros de la puerta por donde acceden las comisiones que tienen salida al parque del mismo módulo”, según apuntó un oficial penitenciario pidiendo reserva de fuente.

Consultado ese mismo día, el oficial consideró que no era difícil inferir que a esa arma “la habían dejado justo ahí para que la agarren, tomen un empleado de rehén y salgan por la puerta”. Imaginar esa operatoria nos traslada decididamente a la modalidad utilizada por Martín “el Porteño” Luzi para fugarse de Bouwer junto a dos cómplices la noche del 12 de agosto de 2005.

La sorpresa no debió haber sido tal, de no haber sido por la liviandad con la que ese mismo alto jerarca penitenciario tomó la información confidencial que desde hacía dos meses estaba sobre su escritorio en la Dirección General de calle Entre Ríos 457 de esta ciudad: “Hay un arma en el MD1”

A los pocos minutos de informada la novedad, se hizo presente en ese sector del complejo de Bouwer el director General de Seguridad del SPC, José “Caña” Heredia, mostrándose sorprendido por el hallazgo. La sorpresa no debió haber sido tal, de no haber sido por la liviandad con la que ese mismo alto jerarca penitenciario tomó la información confidencial que desde hacía dos meses estaba sobre su escritorio en la Dirección General de calle Entre Ríos 457 de esta ciudad: “Hay un arma en el MD1”, le había advertido una fuente calificada con acceso a información de los pabellones. El Caña prefirió no hacer nada… (o hacer “otro tipo de cosas”, ahí en la misma Dirección General).

LLAMATIVO DESCUIDO

Esa 32 cromada fue el arma que apareció el martes. Pero no fue la única novedad de la semana en ese módulo de Bouwer.

En la tarde anterior al particular hallazgo, hubo otra circunstancia llamativa que nunca fue informada: se perdió la llave de ingreso a un pabellón. Sí. La llave a un pabellón carcelario. Perdida.

En todo ese complejo carcelario, los ingresos son controlados desde la llamada “burbuja” o cabina de seguridad, desde donde se accionan las cerraduras eléctricas (funcionan con un mecanismo de electroimán). Sin embargo, para casos de emergencia, las cerraduras pueden ser abiertas con una llave de seguridad, que se acciona manualmente. “Son llaves de punta bastante robustas, y con un código”, describió un penitenciario consultado para esta nota.

La llave de acceso al Pabellón E4 del Módulo MD1 desapareció. Y antes de reportar la novedad, el jefe de operaciones del complejo, el director del módulo y el jefe de seguridad de ese módulo prefirieron aguardar para ver si aparecía. Pero no apareció.

Lo cierto es que la llave de acceso al Pabellón E4 del Módulo MD1 desapareció. Y antes de reportar la novedad, el jefe de operaciones del complejo, el director del módulo y el jefe de seguridad de ese módulo prefirieron aguardar para ver si aparecía. Pero no apareció.

La novedad se conocería recién al día siguiente en los círculos internos, ante el estado de conmoción por el hallazgo del arma en el pabellón central, muy cercano al acceso y al egreso del módulo. Ese mismo día, la superioridad del SPC había resuelto dar respectivas licencias al alcaide Sergio “Chavo” Guzmán y al subalcaide Juan Sessa, director del MD1 y jefe de seguridad de ese módulo respectivamente.

REQUISA Y SORPRESA

Pero habría más. Entre las medidas tomadas al conocerse el hallazgo del revólver calibre 32, se dispuso una requisa minuciosa en el módulo, incluyendo lógicamente las celdas de los internos.

Pedro Ibazeta. La foto es del año 2002, en Neuquén, cuando fue llevado para afrontar el juicio por homicidio.

El procedimiento tuvo una novedad importante esa misma tarde, cuando en la celda 14 del pabellón C3 se encontró una suma de dinero poco habitual para el intramuros: 15.550 pesos. Si bien dentro de las cárceles hay internos que trabajan y cobran un pequeño salario por sus labores, las cifras mensuales máximas no llegan ni al 10% de esa cifra.

Más llamativo aún resulta el hallazgo cuando se conoce quién vivía en ese lugar.

Pedro Antonio Ibazeta (59) era el “dueño” de esa celda. En Córdoba, su nombre dice poco y nada. No así sus antecedentes. El hombre se encuentra preso desde el 5 de junio de 2014. Cayó seis meses después de estar prófugo, acusado de tenencia de estupefacientes con fines de comercialización. Integraba junto a su mujer, Aurora Elvira Peña, la banda de Héctor “Patrón” Gallardo, también conocido como “el Tío”, cabeza de una organización criminal dedicada al tráfico internacional de estupefacientes, con sede en la localidad santafesina de Frontera, a minutos de San Francisco.

A Ibazeta se le secuestraron 6,65 kilos de cocaína de máxima pureza en su domicilio de la localidad de Villa Nueva. Se hallaba fraccionada en nueve paquetes.

No se trataba de un preso más. El 5 de junio de este año, el Tribunal Oral Federal 1, a cuyo cargo está el detenido Ibazeta, resolvió denegar su pedido de excarcelación pese a haberse vencido el plazo máximo de tres años de prisión preventiva.

No se trataba de un preso más. El 5 de junio de este año, el Tribunal Oral Federal 1, a cuyo cargo está el detenido Ibazeta, resolvió denegar su pedido de excarcelación pese a haberse vencido el plazo máximo de tres años de prisión preventiva”

En esa misma causa, el TOF1 le concedió el beneficio a un gran número de los demás imputados, pero al jefe de la banda (Héctor Gallardo), a su matón a sueldo (Cristian Vera), y a Ibazeta, se los negó.

Al argumentar la denagatoria, los jueces Julián Falcucci, Jaime Díaz Gavier y José Vicente Muscará consideraron sobre Ibazeta que “si bien no registra antecedentes penales computables en su contra, surgen del informe actualizado del Registro Nacional de Reincidencia dos declaraciones de rebeldía, la primera de fecha 11 de septiembre de 1986, y la segunda de fecha 19 de abril de 2006, dejando de esta forma en evidencia su reiterada actitud evasiva de la justicia”.

ASESINO Y LUEGO ESPECIALISTA EN FUGAS

Sus reiteradas fugas determinaron que el homicidio que cometió en 1986 quedara impune. Imagen: Captura Diario Río Negro.

Daban en la tecla los jueces. Ibazeta es un especialista en fugas. Y lo persigue una oscura historia que se inició en Plottier, provincia de Neuquén, hace más de tres décadas.

Fue un crimen que ocurrió la noche del 6 de setiembre de 1986. Ibazeta y su pareja, Angélica Alarcón, habían estado bebiendo hasta tarde y luego se acostaron a dormir. En la habitación de al lado dormía Joselín, una nena de dos años y tres meses. Era hija de Elizabeth Rivera, una chica de 18 años, madre soltera, que debía trabajar como empleada doméstica para sobrevivir. Por eso les había pedido a Ibazeta y a Alarcón que la cuidaran.

Aquella noche, el llanto de la nena no dejaba dormir a la pareja; entonces Ibazeta –de 28 años en ese momento– se levantó y le pegó una trompada en el vientre que la mató. Cuando descubrieron que había muerto, el hombre cavó un pozo con sus manos y enterró el cadáver.

La Policía no tardó en descubrir el crimen. Ibazeta confesó el hecho e indicó el lugar donde la habían enterrado. Quedó detenido en una comisaría de Plottier.

Pero tres meses después, el 7 de diciembre de 1986, Ibazeta logró fugarse y desapareció.

Casi para siempre. Durante doce años no se tuvo noticia del prófugo. Cuando faltaban sólo meses para que el delito prescribiera, en diciembre de 1999, Ibazeta fue detenido en Villa Cura Brochero por robo. Así fue trasladado de regreso a Neuquén.

Cuando finalmente pudo ser llevado a la Justicia, en mayo de 2000, la Cámara Segunda declaró prescripto el delito e Ibazeta recuperó su libertad. Pero en noviembre del mismo año el Tribunal Superior de Justicia anuló el fallo y ordenó hacer un nuevo juicio. Para entonces, el imputado había desaparecido otra vez y se volvió a dictar su captura.

Recién en septiembre de 2002 volvió a ser capturado, esta vez en Mendoza, de donde es oriundo. Mientras se esperaba para que la causa fuera llevada finalmente a juicio, Ibazeta se volvió a esfumar.

Es por esa razón que el hombre del fajo de billetes en su celda no presenta en su foja condenas penales. Porque aquel crimen quedó impune gracias a su fuga, y porque por los otros delitos cometidos en Córdoba tuvieron condenas muy leves y en suspenso.

Sin deudas al menos formales con la Justicia, la vida de prófugo sin embargo llevó a Ibazeta hacia la red de la banda de Gallardo. No se sabe cuánto tiempo estuvo comercializando estupefacientes en diversos puntos de la provincia, pero sí lograron establecerse los vínculos entre Ibazeta y el Patrón Gallardo. Justamente por esa causa está siendo ahora juzgado. Y es casi un hecho que a 31 años de aquel homicidio que quedó impune en Neuquén, esta vez sí, Ibazeta recibirá una condena.

Si hablamos de un hombre que está siendo juzgado en una causa en la que es casi imposible que quede absuelto, y si además tiene una larga trayectoria de fugas y experiencia de más de una década como prófugo, ya resulta más difícil evitar conjeturar que esa arma, esa llave y ese dinero no eran sino parte de un mismo libreto: la fuga”

Mientras tanto, el arma y el dinero aparecidos casi el mismo día en el MD1 de Bouwer, más la “pérdida” de una llave que manejan sólo los carceleros, todo en conjunto hace pensar que hay algo más que casualidades.

Ese fajo de billetes en la celda de un hombre vinculado a una banda delictiva que maneja grandes sumas podría ser materia prima para tejer hipótesis de lo más variadas. Pero si ese mismo hombre está siendo juzgado en una causa en la que es casi imposible que quede absuelto, y si además tiene una larga trayectoria de fugas y experiencia de más de una década como prófugo, ya resulta más difícil evitar conjeturar que esa arma, esa llave y ese dinero no eran sino parte de un mismo libreto, en el que quizás estaba incluido el mismísimo Patrón Gallardo, alojado en el MX2.

¿Podrá ser que un humilde fajinero haya sido el hombre que, sin saberlo, frustró una fuga histórica de Bouwer?

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