La joven de 21 años es juzgada por el homicidio de su beba recién nacida. La defensa sostiene que fue obligada a parir en un descampado. El fiscal pidió analizar el caso desde la perspectiva de género.

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A veces, los juicios penales -ese teatro con final abierto donde las partes juegan su rol para acercarse a una verdad- se desbarajustan y muestran lo compleja que es la sociedad: por ejemplo, cuando el acusado, el supuesto victimario en la historia, brinda un relato que se ajusta mucho más al perfil de una víctima.

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Eso pasó ayer cuando Dahyana Gorosito, de 21 años, llegó a la Cámara 12 del Crimen para ser juzgada junto a su ex pareja, Luis Oroná, por el homicidio de su beba recién nacida en mayo de 2016, y ante el jurado popular vomitó una historia de vida marcada por los azotes de la violencia familiar.

Tanto así que, al presentar el juicio a los jurados, el fiscal de acusación Mariano Antuña dijo que el caso debe ser comprendido “con una perspectiva de violencia de género”.

Para la Justicia, a Dahyana le cabe la misma imputación que a Oroná, por “no haber impedido el crimen” de Selena, nacida en un descampado a una cuadra del dispensario de Unquillo. Por eso, ambos están acusados por un delito que contempla la prisión perpetua, pero la defensa de Dahyana argumenta que se la juzga “por no haber podido actuar de manera heroica, ignorando el contexto de violencia del que ha sido víctima antes, durante y después del parto”.

Ayer, ella lo explicó en primera persona. Habló durante casi una hora. Contó que huyó de su casa materna en Unquillo a raíz de las palizas que recibía de su padrastro. Y escapando de esa violencia, cayó en otra: la que vivió en la casa de los Oroná, donde vivía encerrada, y sufrió violencia física y psicológica, no sólo de parte de su pareja, de quien dependía económicamente.

En mayo de 2016, Dahyana era madre de un niño de 3 y esperaba a su segunda hija. El parto comenzó a desencadenarse la fría madrugada del 19: “Tuve contracciones a la noche. Le pedí a Luis varias veces que me llevara al dispensario y no quiso”, comenzó relatando. Dijo que cuando el hombre entró al baño, ella tomó el bolso y escapó caminando rumbo al dispensario. Que en el camino, su pareja la alcanzó en el auto y, en lugar de llevarla al centro de salud, la condujo a un descampado que estaba a una cuadra de distancia.

“Vos vas a parir acá, porque ese chico no es mío y yo no lo quiero”, le habría dicho. Luis sospechaba que Dahyana había sido embarazada por Jesús, uno de sus hermanos. Ella se rompió la bolsa, parió sin ayuda, y luego -siempre según su relato- Oroná cortó el cordón de Selene (así había decidido llamar a su hija) con una tijera, que también usó para amenazarla. “Ves, tiene el color de piel de mi hermano. Esa chica no es mía”, contó que le gritaba.

Para Sergio Job, abogado defensor de Dahyana, su testimonio fue “contundente por la coherencia”. “Vivía en un marco de violencia económica, psicológica y física que excede al hecho puntual. Hay un recorrido en su vida donde se van acumulando violencias. Y queda claro que vivía en un entorno violento, donde ni siquiera salía de la casa”, explicó a ENREDACCIÓN.

Al terminar su declaración, Dahyana dijo: “Todo este calvario me llevó a perder a mis dos hijos”. Desde que salió de prisión, hace tres meses, aún no puede retomar el contacto con su hijo varón porque la familia paterna se niega. Se encuentran en etapa de readaptación y cada tanto se cruzan en un Juzgado. Sobre lo sucedido, agregó: “me sirvió para darme cuenta que tengo que valerme por mi misma, y que no me manejen la vida”.

VISIÓN DE GÉNERO

El juicio contra Dahyana Gorosito continúa hoy y mañana. Será un proceso complejo, por demás interesante. Para Antuña, que pidió a los jurados que lo analicen desde la perspectiva de género, eso no significa “adelantar opinión”.

ENREDACCIÓN consultó al fiscal sobre este punto. “Antes se decía que el derecho se quedaba en la puerta del dormitorio y no entraba. Y lo que pasaba en la privacidad, quedaba exento. Pero las mujeres tiene derecho a llevar una vida sin violencia, a ser escuchadas en sus posturas. Cuando hay evidencias de que no pasa, cuando hay una diferencia histórica y evidente de poder entre un hombre y una mujer, debe ser contemplado en un juicio a la hora de valorar la prueba. Así lo marcan las normas internacionales a las que adherimos”, explicó Antuña.

Analizando desde la perspectiva de género, para Antuña, en este caso los jurados deberán preguntarse:  ¿En su situación, pudo haber hecho otra cosa? ¿Se le puede exigir haber actuado de otra manera? “Que se tenga que considerar eso no significa que yo adelante que ella es inocente. Para nada. No es que las mujeres son menos capaces que los hombres, ni tiene responsabilidades diferentes ante la ley. No es un permiso para delinquir”, aclaró.

EL CASO

Dahyana habitaba la casa de la familia Oroná desde los 15 años. Llegó allí escapando de la violencia que vivía en su hogar: una compañera de escuela, integrante de la familia Oroná, le ofreció el refugio. Al poco tiempo comenzó una relación con Luis, hermano de su amiga, con quien tuvo a su único hijo. Según testigos, Dahyana no salía de la casa si no era acompañada por su suegra o su marido.

A los 20 años quedó embarazada nuevamente. La madrugada del 19 de mayo de 2016, Dayana entró en trabajo de parto y pidió que la llevaran al dispensario del barrio. Nadie en la casa accedió a su pedido, entonces salió sola, con la ropa que pensaba ponerle a su beba, a quien quería llamar Selene.

Según la versión de Dahyana, transmitida a sus abogados del espacio jurídico Deodoro Roca, Luis (quien dudaba de su paternidad) la alcanzó en el auto, la llevó hasta un descampado detrás del dispensario, que a esa hora, las seis de la madrugada, estaba cerrado, y la obligó a parir ahí. Luego Oroná se llevó a la niña y ordenó a Dahyana que regrese a su hogar, y según dijo, le “sugirió” mentir que había parido la niña en el hospital.

No se sabe que habría hecho Oroná con el niña. Dos horas después del parto se presentó a trabajar a la obra en construcción en la que hacía changas. Cuando regresó a su casa, no llevó a la beba.

Allí comenzó la falsa historia del robo de la niña en el hospital de Unquillo. Dahyana no lo desmintió, o quizás no pudo: vivía en un contexto de violencia y era intimidada. Pero la coartada de robo se desmoronó pronto: ese día en el Hospital de Unquillo no hubo partos.

A partir de ese momento comenzó otra seguidilla de situaciones violentas para Dahyana: sin que el cuerpo de su hija haya aparecido, con una infección avanzada, puérpera y alterada por la traumática situación que había vivido, fue imputada por el delito de homicidio agravado por el vínculo.

Fue internada en la Unidad de Terapia Intensiva del Hospital Rawson, de donde se escapó para volver a su casa y asistir al cumpleaños de su hijo. A las pocas horas, la Policía la encontró viajando en un colectivo Interurbano, en Mendiolaza.

El cuerpo de Selene fue encontrado dentro de un bolso oculto en uno de los roperos de la casa de la familia Oroná, un lugar que y había sido allanado. La autopsia determinó que murió de frío. El 19 de mayo fue uno de los días más helados de 2016.

En el Penal de Bouwer la violencia institucional continuó: durante un año, Dahyana perdió el contacto con su hijo varón. El Servicio Penitenciario negó la posibilidad de que su hijo la visite por “riesgo victimológico”, un artículo del decreto de procesados.

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