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El regreso de Maradona, un Dios rebelde y "bocón", a una Argentina con las mismas urgencias que Gimnasia

El regreso de Maradona, un Dios rebelde y "bocón", a una Argentina con las mismas urgencias que Gimnasia

Tenía que ser un equipo que nunca fue campeón de un torneo de Primera División y que está más cerca de firmar el descenso que de seguir en la Súper Liga, el que fuera en busca del último Dios del futbol y sus milagros. Miles de hinchas de Gimnasia y Esgrima de La Plata llenaron el viejo estadio tripero y agotaron todos los carnés de socios para ser parte del ritual del “10”, al que media Argentina considera casi como un santo.

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Media Argentina o más. Será difícil precisarlo y, realmente, importa poco. Diego es tan argentino como la mayoría de los argentinos. Sin embargo, Maradona es parte de la grieta, tanto futbolera, como política y hasta moral. Por eso, su vuelta impacta al futbol y convierte a todos, incluidos Boca y River, en actores de reparto; y se lleva a un país deprimido y devastado por la crisis, de los pelos.

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Los diarios, la tele, las radios, las redes, las familias, los pibes, hablan de ese hombre capaz de llorar ante un estadio repleto como nadie lo haría, durante su presentación como DT de Gimnasia. De ese hombre que expone sus sentimientos y su corazón a cielo abierto. Y hacen planes para ir a verlo cuando aterrice en el estadio del club del que son hinchas, como quien va a una misa a renovar sus votos por la fe que lo conmueve.

Ni hablar del mundo, que seguramente, sintonizará el canal que transmita los partidos de este tal Gimnasia, al que le dicen “Lobo” y también “tripero” y “Menssana”. Que antes de Diego no conocían y después del “10”, quizá olviden. O no, porque dependerá de si el jugador más grande de todos los tiempos, hace alguno de los milagros que hacía cuando jugaba. Sino que lo digan Argentinos Juniors, el Napoli o la selección del ’86 y del ’90. Lo van a mirar los rusos, los árabes, los chinos, los yankis, los alemanes, los mexicanos, y los de las tribus africanas. La leyenda de este hombre se dispone a incorporar otro capítulo a un libro que ya tiene como diez mil.

La hinchada del Lobo espía entre las rendijas de los tablones la llegada de Maradona al Estadio. (Foto: Gentileza @Diego10querido).

El aterrizaje en La Plata, del tipo que vio por primera vez la vida en Villa Fiorito, se produce en la pista toda poceada de un país que sufre una crisis económica terrible y una nueva frustración de su enorme “Yo”. Viene a prender la luz de un país a oscuras, cargado de energía negativa, que tiene miedo de prender la radio por las mañanas para no toparse con la cotización del dólar, o de ir al súper, para no tener que salir de ahí con el changuito cargado con dos cosas locas. A ese país que ha vuelto a cantar el tango “Cambalache”, llega Diego.

Por supuesto, “Pelusa” alimenta la grieta que divide a los argentinos más allá de la política. Y además le dará vida a la grieta política, porque es kirchnerista. Dividirá aún más a La Plata entre Gimnasia y Estudiantes. Se peleará por enésima vez con Macri, como cuando lo hacía en Boca. Dividirá la mesa de los argentinos, entre los que lo idolatran a él y los que lo prefieren a Lionel Messi. Partirá en dos la conversación entre los que quieren congelar su figura en el deporte del futbol y lanzan rayos y centellas por su vida fuera de las canchas y aquellos, que ya se dieron cuenta hace mucho que es imposible separar una cosa de lo otra.

Para siempre. Un tripero con Diego tatuado.

Si se quiere, este tipo que ahora tiene 59 años, recién operado de su maltrecha rodilla, que todavía no completó la recuperación del post operatorio, es una imagen de la Argentina y de los argentinos. Muchos somos así. Muchos otros, no. Pero la mayoría es así. Y la ideología dominante de los sectores de poder y de las clases acomodadas, no admite que el único Dios que camina entre nosotros, sea tan rebelde, bocón y desubicado. Pero como las caras de la moneda, Maradona no hubiera sido Maradona si no hubiera sido así desde que corría en los potreros de la villa donde creció. Sí, creció en Argentina. Al menos, en una de las argentinas.

Rebelde y bocón, puso a Argentinos Juniors en el firmamento de las estrellas, siendo como era, un pequeño club de barrio; llevó a la selección juvenil a la primera Copa Mundial en 1979; convirtió en campeón al Napoli de Italia en los ’80 y se cargó en la espalda a los marginados italianos del Sur para hacerles frente a los ricos y racistas del Norte; e hizo campeón a Argentina en 1986 y casi lo logra de nuevo con toda la Fifa en contra en 1990. Sus hazañas, son milagros que el hincha de futbol y el que no es hincha, guarda en el corazón, el templo donde quedan guardadas para siempre.

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Diego Armando Maradona es contracultural. Es incorrecto. Representa a los que no tienen voz en ninguna mesa. Su bocota y sus lágrimas, pueden desafiar cualquier dispositivo cultural. Ya no tiene a su zurda ni es el 10 que entra a la cancha. Pero es lo que su zurda supo construir. No importa como le salga esta nueva aventura, porque como siempre, dará todo para que sea inolvidable. Al fin y al cabo, parece el único capaz de alcanzar el imposible y de agarrarlo con su zurda endiablada y ponerlo a jugar. El secreto de este muchacho parece ser ese.

A las urgencias y la desesperación de Gimnasia y la Argentina, el destino les cruza a Diego. Habrá que ver qué pasa con este Dios nuestro y sus andanzas, porque está de nuevo entre nosotros.

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