El presidente parece querer gobernar sólo para un sector de la Argentina. Su mensaje de #YoNoParo es entendible, pero no está a la altura de su relato.

Aeroparque sin aviones y sin pasajeros. El paro fue muy fuerte en todo el país y sobre todo en las grandes ciudades.
Municipalidad de Río Cuarto-Parque Sarmiento

Si el presidente Mauricio Macri y su gobierno no abren los oídos a tiempo lo probable es que la gobernabilidad, ya cuestionada, entre en crisis, es decir una etapa por encima de esta, donde reina la inestabilidad. Por cierto, para gobernar existen dos grandes espacios de disputa: el institucional y el social. La gobernabilidad se construye en esas dos dimensiones. Esta definición no es otra cosa que consenso, que es igual a apoyo orgánico y real, de las organizaciones y de la sociedad (que se expresa como opinión pública en el sentido clásico y como opinión individual en las redes) a un líder, a un gobierno o a un programa, separados o juntos. Ayer, el presidente Mauricio Macri demostró las limitaciones de su pensamiento y también la decisión del bloque de poder que representa frente al reclamo contra el plan económico: piensan que se trata de un estorbo y por tanto, que la demanda no debe ser tenida en cuenta.

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Por supuesto, el titular del Ejecutivo puede pensar que es legítimo llevar adelante su proyecto de gobierno y su programa de restauración neoliberal. Está en su derecho y más de la mitad de los argentinos lo votaron en 2015 para ello. Sin embargo, la fuga de un 15% de ese electorado en estos dos años y medio es la imagen del primer problema. Mientras que el paro general de ayer le ha traído un segundo problema: un reclamo preciso de cambiar el plan económico. Es diferente de la fuga de sectores que miden las encuestas porque es una voz concreta de un sector clave: la clase trabajadora. Sin embargo, la consecuencia de que Macri sostenga esa posición es la profundización de la famosa grieta, de las diferencias entre los dos países. Su relato del “diálogo”, en ese contexto, es una especie de “sinsentido”. El diálogo entre iguales no existe; el diálogo se produce entre sectores enfrentados. El presidente, por lo tanto, actúa para imponer la hegemonía del proyecto neoliberal, esto es la apertura de mercados, la desindustrialización, el achicamiento del Estado, la inequidad social, la flexibilización laboral, el ajuste previsional, privatizaciones y el predominio del mercado financiero local y global. En la actualidad, con el FMI como tutor, el plan económico avanza en ese sentido. El diálogo con los propios, es una conversación de amigos, que deja fuera de la mesa a “los otros”. La realidad, es que quien se encuentra en la intemperie es un grupo poderoso, con capacidad de daño respecto del curso político y económico.

El diálogo con los propios, es una conversación de amigos, que deja fuera de la mesa a “los otros”. La realidad, es que quien se encuentra en la intemperie es un grupo poderoso, con capacidad de daño respecto del curso político y económico.

Ayer, en su visita a Tandil junto a María Eugenia Vidal, Macri dio una entrevista a El Eco TV donde afirma que “los paros no contribuyen en nada, no suman”. Luego cuestionó a los sindicatos: “no hubo en décadas un gobierno con tanta preocupación por el empleo, por el trabajador, por generar nuevas oportunidades”. En esa línea, pidió “hacer lo que venimos realizando en conjunto, sentados alrededor de una mesa, como hicimos con Vaca Muerta o con la mesa de la carne”, en referencia a la convenios de flexibilización laboral “particulares”.

Esas son señales de “fuerza”, las que puede dar un gobierno consolidado, no sólo dispuesto o con la voluntad de llevar adelante una política determinada. El Ejecutivo apuesta por esta vía a seguir dividiendo e invisibilizando la oposición y la crítica política, sindical, social y cultural. Es una posición lícita, pero que profundiza un conflicto estructural, el de los modelos e intereses en pugna: el neoliberal y el populista. Se le adiciona una dificultad: no es un gobierno en posición de fuerza.

Cada nueva expresión de protesta va a ganar en potencia, porque mientras el gobierno no encuentre una receta propia que trascienda lo institucional y satisfaga la demanda social en cuanto a sus expectativas, más sectores convergerán con los críticos.

La titular del FMI, Christine Lagarde junto al presidente Mauricio Macri. Foto: Prensa Gobierno Nacional.

Cada nueva expresión de protesta va a ganar en potencia, porque mientras el gobierno no encuentre una receta propia que trascienda lo institucional y satisfaga la demanda social en cuanto a sus expectativas, más sectores convergerán con los críticos. La dinámica del enfrentamiento sigue ese curso y es lo que ha sucedido hasta ahora. La gruesa piel protectora del presidente se ha ido afinando con el correr de los meses.

Para el gobierno lo único que hay para retocar es la profundidad del ajuste y la flexibilización laboral. El programa económico está bien y ahora, además, lo controla el FMI. Es como ofrecerle sopa todos los días a los chicos. Nunca un chocolate, un asado o unos tallarines con tuco. Si esa es la propuesta, cada día alguien cruzará la frontera, aunque haya granadas en el alambrado.

Ya habían sido relevantes las protestas de Hugo Moyano del 21F y la conmemoración del Cordobazo, el pasado 29 de mayo. El tercer paro general contra el gobierno de Mauricio Macri fue contundente. Si el bloque de poder se enamora de sus propios Hashtags como #ElCampoNoPara o #YoNoParo va a tener un duro rival, capaz de desgastarlo y desde el otro lado del mostrador, cumplir el mismo rol que los productores agropecuarios frente al gobierno de Cristina Fernández: darle forma a un nuevo bloque de poder, en este caso populista.

Si el bloque de poder se enamora de sus propios Hashtags como #ElCampoNoPara o #YoNoParo va a tener un duro rival, capaz de desgastarlo y desde el otro lado del mostrador, cumplir el mismo rol que los productores agropecuarios frente al gobierno de Cristina Fernández: darle forma a un nuevo bloque de poder, en este caso populista.

¿Puede el gobierno cambiar su política económica? Hasta ahora ha demostrado que no, porque llegó para instrumentar un programa de restauración neoliberal y transferencia de ingresos al capital. Su dilema es cambiar o terminar llevando al país a una crisis económica y política de proporciones. En cualquier lugar del planeta donde tenga desarrollo organizacional y político el movimiento obrero, la desigualdad no es aceptada. Es legítimo expresarse contra ella. Es lo que está sucediendo en Argentina. Y también lo que sucederá de manera creciente.

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