A Massa y a Schiaretti los unió una misma sintonía. Se presentaron como moderados y permeables con el gobierno de Cambiemos, situación que los dejó bajo el rótulo de opoficialistas. Durante la campaña intentaron marcar diferencias con la gestión de Macri, pero quedaron entrampados en sus propios discursos. El resultado de las urnas fue con ellos implacable.

Schiaretti y su cercanía con Massa. Ambos se mostraron permeables al gobierno de Macri, y luego en las elecciones no consiguieron despegarse.

En el Pejota cordobés se escucha el zumbido de ceniceros revoleándose por el aire, pases de factura, arrepentidos, broncas, cruce de acusaciones y padres de la derrota. 44 a 28 fue demasiado.

Pensar que todo marchaba tan bien hasta el año pasado, cuando comenzaron a discutirse las estrategias y las listas, y nada hacía vislumbrar en una derrota por 16 puntos en un territorio casi inexpugnable, y en el cual las caídas siempre habían sido por diferencias pequeñas.

La espumosa euforia con la que el gobernador Juan Schiaretti discurrió su primer año y medio del nuevo mandato, se basó fundamentalmente en la cultivada buena relación con su amigo de años, el presidente Macri. Haber llegado a acuerdos por la coparticipación, por las obras de los gasoductos, por la Caja de Jubilaciones, por EPEC, por los avales para tomar deuda para obras, parecían dibujar un escenario de puro lucimiento para el gobernador cordobés.

A tal punto fue esto así, que a finales del año pasado, en el peronismo cordobés (el más macrista de todos los peronismos provinciales) se evaluó con avanzado grado de realismo la posibilidad de conformar un frente conjunto. Es decir, que Cambiemos y Unión por Córdoba -que en 2015, vía De la Sota, jugó decididamente en favor de Macri- conformaran un mismo frente electoral.

Tal posibilidad había sido lanzada por el propio Rogelio Frigerio, ministro del Interior, el que hechó a rodar esa posibilidad a fines de junio de 2016. “Hay que ampliar la base de sustentación de Cambiemos”, dijo ante la consulta de la prensa local, no descartando con ello tal alquimia electoral. La sola especulación de esa posibilidad sembró escozor en las filas del radicalismo local y también en el Pro, cuya estructura en esta provincia es heredera de las figuras de la UceDé.

Para alivio de estos últimos, y también del juecismo residual, no hubo matrimonio, pero quedó en el aire esa propuesta informal, cuya verosimilitud fue varias veces ratificada por el coqueteo constante entre Schiaretti y Macri (baile de cumbia incluido).

 

Amores imposibles

Fracasado el audaz intento, Schiaretti y el delasotismo cordobés quedaron entrampados entre la posibilidad de plantearse como partido aliado al presidente, o bien como opositor a sus medidas económicas, las cuales hicieron disparar varias alarmas en Córdoba con la publicación de las estadísticas sobre pobreza, las más altas del país.

Difícil recular en chancletas, cuando uno está tan jugado. Fue eso lo que intentó hacer Llaryora, con una campaña de lemas confusos (“El verdadero cambio”), y eslóganes trillados (“Defender a Córdoba”).

No hubo premio para esta tibieza. Dicen que quien se quiere parar en dos botes termina cayéndose al agua, y eso fue lo que ocurrió este domingo. Está claro que el electorado cordobés volvió a extender un cheque de confianza en el presidente, y lo hizo sin rodeos apoyando la lista de Cambiemos. Nada de histeriqueos. Nada de jugar a dos puntas. Las cosas por su nombre.

Schiaretti terminó demostrando mucha menos cintura política que su socio De la Sota, ávido para bajarse del tren cuando el escándalo Odebretch lo hacía caminar por la cornisa. Buen lector del panorama, el ex gobernador decidió una vez más la comodidad de la prescindencia, y astuto como es, volvió a retener para sí la carta de infalibilidad en las elecciones. Otra vez volvió a perder su compadre. Como en 2009.

Sin sustento

Algo parecido le ocurrió a Sergio Massa, aliado político y estratégico de De la Sota a nivel nacional, y vientre subrogante en la gestación de UNA y ahora de 1PAÍS (¿hay necesidad de cambiar nombres en cada elección?).
Massa imaginó ensanchar su retórica “avenida del medio”, algo que a la luz de los resultados sólo parece existir dentro de la caverna de Platón pero no en el mundo de la realidad.

A la ciudadanía bonaerense, al igual que a la cordobesa, no le terminó de cerrar eso de un pie en cada bote. O es es oficialista, o se es opositor. No se puede se puede apoyar un programa de gobierno y serle funcional en la Cámara de Diputados durante los años pares; para luego y sin escalas, pasar a criticarlo en los impares, cuando hay elecciones.

No hubo premio para esta tibieza. Dicen que quien se quiere parar en dos botes termina cayéndose al agua, y eso fue lo que ocurrió este domingo. Está claro que el electorado cordobés volvió a extender un cheque de confianza en el presidente, y lo hizo sin rodeos apoyando la lista de Cambiemos. Nada de histeriqueos. Nada de jugar a dos puntas. Las cosas por su nombre.

Si a esta confusión se le agrega una alianza sorpresiva con el partido de Margarita Stolbizer, que también mudó su discurso en igual sintonía, la menage termina por cortarse antes de entrar al horno. Previsible.

Allí probablemente se explica el 14,8% de votos que obtuvo su fuerza en la Provincia de Buenos Aires, veinte puntos por debajo de CFK y de Bullrich. Será un caudal que seguramente reportará algunas bancas en Diputados, pero que no le abre demasiadas expectativas de cara a 2019.

No es que la polarización de la política sea en sí un valor a cultivar. De hecho en la diversidad suele estar la riqueza y también el establecimiento de los mejores límites a la acumulación de poder. Sin embargo da la impresión de que en Argentina se están debatiendo modelos demasiado antagónicos, y en este proceso, no parece haber lugar para los equilibristas.

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