La Rocinha, una experiencia única en Río de Janeiro

“¿Y si vamos a conocer la Rocinha, la favela más grande de Sudamérica?” Disparó mi hijo menor el pasado verano mientras disfrutábamos nuestras vacaciones en la Barra de Tijuca, en Río de Janeiro. A la pregunta-desafío le siguieron algunos minutos de búsqueda en Internet hasta llegar a Carlos quien, vía telefónica, nos convenció de las bondades de hacer un tour a pie por la emblemática favela que alberga, según los cariocas, a la mayor cantidad de trabajadores informales de la Ciudad Maravillosa y que nació hace unos 90 años con migrantes del interior que fueron ocupando las laderas del morro (montaña) y, luego, fue recibiendo a los nuevos pobres urbanos.

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A las 14.30 del día siguiente, frente a un hotel en la Avenida Atlántica de Copacabana, se produjo el encuentro con Carlos, quien no disimulaba su alegría porque habíamos elegido recorrer Rocinha a pie y no en auto, como lo hace la mayoría de los visitantes. “La única forma de acercarse a esta realidad, es caminar por sus pocos menos que impenetrables pasadizos y ver de cerca a sus habitantes” sentenció quien por dos horas no dejaría de contarnos sobre la vida y costumbres de Rocinha y sacarnos todas las inquietudes que, paso a paso, ese mundo desconocido nos proponía.

VER Apuntes para comprender La Rocinha.

VER Un viaje a la desigualdad.

En un auto, el chofer, Carlos y nosotros, partimos hacia la zona sur de Río para internarnos en Rocinha, una favela (así llaman en Brasil a los asentamientos precarios o informales que crecen dentro de las grandes urbes) ubicada entre dos de los vecindarios más exclusivos como lo son La Gavea y Sao Conrado y donde viven alrededor de 100 mil personas que, como ya dijimos, son la columna vertebral de la economía informal del gran vecino del norte. Cuando decimos economía informal, nos referimos a los miles y miles de brasileños que atienden las barraquiñas (barcitos) en la playa, o te acercan el parasol (sombrilla) o la cadeira (reposera) y te ofrecen de todo en cada metro cuadrado de la playa o en las avenidas principales.

Llegar a la favela y comenzar a recorrer sus calles bien vale una explicación que Carlos nos la da en el Complexo de Saude de Rocinha, una oficina de la prefectura de Río donde se centraliza la atención primaria de la salud del sector. Allí, un gran mapa nos advierte que estamos en un barrio con 143 hectáreas, casi casi una ciudad dentro de otra ciudad.

“Bienvenidos a mi casa”, dice Carlos para abrir su monólogo. Es guía turístico desde hace 26 años y, con cinco idiomas que aprendió de tanto contacto con extranjeros, se las arregla y, muy bien, por cierto, para mostrar la vida e historia de “su Rocinha” cómo, a lo largo del recorrido, se encargará de repetirlo.

Caminar es una forma de ver de cerca la vida de personas en situación de marginación y también servirá para derribar algunos prejuicios y la estigmatización de pobreza. “En este solo viaje conocerán dos países”, alerta Carlos.

Motos delivery, por todos lados y en cada rincón de la comunidad. Son imprescindibles para la vida del barrio.

Nuestro recorrido se inicia por una de las avenidas principales (Estrada Da Gávea). Allí, el ruido de los colectivos del transporte público y las motos taxis le dan una fisonomía propia de una gran ciudad en las horas picos. Quizás, el rasgo distintivo sean las motos-taxis, imprescindibles para los que habitan las partes altas del barrio y también, como dice el imaginario popular, para llegar a tiempo con algún pedido de sustancia prohibida.

Cuando lo consultamos a Carlos sobre el tema drogas, él prefiere hablar poco de eso, elige hablar de educación y de progreso, aunque admite que la droga circula en cantidades difíciles de precisar.

Las motos están en todos los rincones, lo que da la pauta de su gran valor para que el barrio se mantenga activo y su economía no se pare.

Cuenta Carlos que desde hace dos décadas el gobierno y las organizaciones sociales que trabajan en las favelas fueron artífices de un cambio en la denominación de esos lugares. Ganó espacio la palabra comunidad y ese término sirvió para ir desterrando la imagen de un espacio violento y marginal.

También, desde 2008 y teniendo en cuenta el Mundial de Fútbol y los Juegos Olímpicos de 2014 y 2016, respectivamente, el Gobierno inició un “proceso de pacificación”, que tenía como eje central reconquistar ese espacio olvidado por décadas y que, en sus fundamentos teóricos, pretendía reforzar la seguridad pública de la mano de un cambio social y cultural. También, hay que decirlo, determinó la militarización de un territorio acosado por la violencia y el narcotráfico.

Otra postal urbana. La policía en cada rincón de los lugares con mayor movimiento comercial y presencia de vecinos.

Entonces, con este dato en mano, no nos resultó extraño ver a la Policía Militar en los lugares de mayor actividad y concentración de personas y formando parte de la imagen urbana, como las motos-taxis.

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El paseo por las calles principales sirvió, también para advertir, una gran actividad comercial. Según el último censo, en Rocinha, hay más de 30 mil negocios (los rubros principales son ferretería, materiales de construcción, peluquerías y salones de belleza) y los cuatro bancos que allí se ubican dan una muestra acabada de ese movimiento económico.

La siguiente parte del recorrido exacerba nuestros sentidos: no es para menos, escenas de la vida diaria que vimos en películas aparecen ante nuestros ojos. Pasadizos donde el sol no llega; puertas entre abiertas dejando escapar el sonido de un televisor prendido; en algunos recovecos del camino, vecinos con bebes combatiendo el calor con alguna bebida fresca; y un gran movimiento de gente que sube y gente que baja.

¿Por qué ese movimiento? le preguntamos a Carlos. Respuesta: “como el correo no puede llegar al interior profundo de la comunidad, en las calles principales, comerciantes comprometidos con la gente, han dispuesto una especie de buzón comunitario a donde llega la correspondencia; por esa razón se ve ese desfile, es gente que sube para ver si hay noticias en ese buzón allí arriba” grafica, señalando con su índice la poca luz que llega desde las partes altas.

Más allá del lugar donde vivan, la mayoría de los habitantes de Rocinha tiene agua y luz y las marañas de cables de alta tensión son una constante en el recorrido.

Ya cerca del final, Carlos nos muestra, con orgullo, la escuela, la iglesia (de la orden franciscana) y un predio deportivo, que son, para miles de habitantes, un faro entre tanta oscuridad. Allí, estudian, hacen deportes y practican la fe como una manera de hacer más llevadera la vida en este lugar, en el que sus vecinos viven en esos laberintos en los que casi no entra el sol.

El tour termina con un fuerte apretón de manos con Carlos, una caipirinha Premium en un bar de un amigo suyo y con el apuro de llegar a casa y repasar las fotos para ver, ya en tranquilidad, cuáles fueron las cosas que más nos llamaron la atención. En una coincidimos los cuatro: recorrer La Rocinha ya está entre las experiencias inolvidables.

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