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Cultura

Juan Villoro: “La literatura permite una reconciliación crítica con un mundo imperfecto”

Juan Villoro. (Télam).

Entre historias mínimas de escritores y artistas, reflexiones que le dejaron los años de experiencia y la sensibilidad pragmática de quien se reconoce como “un sastre de la prosa”, el escritor y periodista mexicano Juan Villoro aborda en el breve ensayo “La condena y la pasión” el oficio del escritor sin dogmatismos con la pasión de quien sabe que trabaja con los problemas que traen las palabras.

Con prólogo de Leila Guerriero y editado por el sello Vinilo -que defiende un catálogo de libros para “leer de una sentada” y que se instalan en la zona de indeterminación de la autoficción, el ensayo y la nouvelle-, el texto de Villoro hace un aporte a una genealogía de textos que buscan conocer la cocina de la escritura.

La valentía del autor reside en una suerte de honestidad brutal: en contra de los mitos que rodean al oficio, sin artificios ni especularidades, acepta que “pocas cosas son tan aburridas como la vida de un escritor”.

Villoro (Ciudad de México, 1956) publicó en 1991 su primera novela “El disparo de argón”. Era reconocido como escritor para niños, hasta que en 2004 apareció “El testigo”, por la que obtuvo el Premio Herralde que otorga la Editorial Anagrama. Ganó los premios José Donoso en 2012 y el Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas en 2018. Hace dos semanas, fue reconocido con el Premio a la Excelencia de la Fundación Gabo. Con los años el autor mexicano logró una voz que trasciende los roles que asume sin la necesidad de : cronista, novelista, guionista, escritor infantil o periodista.

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¿Cómo nació “La pasión y la condena”, un libro que se edita por primera vez en la Argentina?

Hace algunos años me invitaron al festival Puerto de Ideas en Valparaíso. Me pidieron que hablara sobre los secretos de la creación literaria y di una charla a partir de ciertas notas. Como suele ocurrir, el contacto con el público, las preguntas, los comentarios de algunos amigos y, sobre todo, los plazos de asimilación a los que lleva a la memoria, me permitieron escribir un ensayo sobre el tema. Pocas cosas son tan aburridas como la vida de un escritor, que transcurre ante una mesa de trabajo, frente a un teclado en el que se te cae el pelo (es mi caso, no el de todos), pero las razones para escribir son interesantes. Quise captar la vida interior de esa pasión o esa neurosis, según se vea. El ensayo se publicó en una edición artesanal en Valparaíso, un año después de la charla, y ahora circula en la Argentina, gracias a Vinilo.

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Leila Guerriero repara en una generación de libros de escritores que reflexionan acerca de la escritura. ¿Alguno de ellos te interpeló más o funcionó como inspiración? ¿Te gusta ese género en el que un escritor ventila cómo funciona su cocina?

Hay escritores que se sienten cómodos escribiendo géneros creativos, pero no necesitan reflexionar sobre su trabajo o sobre el trabajo de los otros. Pensar la literatura es algo que me interesa, sobre todo porque me permite aclarar de manera retrospectiva impulsos e intuiciones. Es algo parecido a lo que sucede cuando das clases. Sólo al exponer a un autor entiendes por qué te gusta tanto. No es una tarea fácil. Nabokov decía que la prueba más contundente del efecto estético consiste en sentir un escalofrío en el espinazo. El ensayo literario es el arte de razonar escalofríos, de explicarte a ti mismo por qué tus pasiones ocurren de ese modo. Lo peor que puede pasar es que conviertas una aventura en algo tedioso. Ojalá no sea mi caso. Abundan los precedentes que justifican esta tarea y he tratado de servirme de ellos, de Borges a Alan Pauls, pasando por Piglia, Nabokov, Reyes, Paz, Beatriz Sarlo y tantos otros. “La hermana menor”, de Mariana Enríquez, me parece una obra maestra del ensayo biográfico narrativo; ahí están las claves vitales y literarias de Silvina Ocampo.

“Escribir fatiga. Debemos elegir entre los muchos modos de expresar algo, debemos corregirlo, debemos tirarlo a la basura, debemos empezar de nuevo”, sostenés. Me recuerda al “Trabajar cansa” de aquel poema de Pavese. ¿Qué es lo que más te cansa puntualmente del oficio, lo más trabajoso?

Escribir cansa, pero también produce adicción. La diferencia esencial entre alguien que escribe un texto de circunstancia y un escritor de raza es que el segundo prefiere reescribir a escribir. Cuando alguien se sorprende de que un novelista haga siete versiones de su obra, piensa en lo pesada que es esa tarea. En efecto, es pesada, pero apasiona. Todos los maratonistas llegan a la meta cansados, pero ahí es donde quieren llegar.

Decís que la vocación literaria comienza por asumir que la escritura es un problema. ¿Tenés registro de en qué momento de tu biografía reparaste en esa concepción de la escritura y asumiste que ibas a tener que lidiar con ese problema?

Cuando alguien se desahoga por escrito, compartiendo experiencias o reflexiones, no necesariamente tiene temple de escritor. Eso comienza cuando se plantea distintas opciones, valora alternativas, procura enmendar errores, es decir, cuando la página se convierte en un problema. Mi caso no es muy ejemplar. Leí muy poco en la infancia y sólo descubrí que la literatura podía orientar mi vida cuando leí “De perfil”, de José Agustín. Esa novela transcurre en las vacaciones previas al bachillerato y yo estaba en la misma situación, el protagonista vive en un barrio de clase media muy similar al que yo habitaba en las Ciudad de México, sus padres se están divorciando y los míos se habían divorciado, en fin, fue una suerte de lectura en espejo. Uno de los rasgos interesantes de aquel libro es que el protagonista no tiene nombre. Interpreté que no tenía nombre porque era yo.

El efecto de ese libro fue singular; entendí que mis días sin brújula y mi vida, que consideraba minúscula, intrascendente, podía cobrar sentido si la mejoraba por escrito, con un ingenio similar al de Agustín. Hasta entonces, yo pensaba que la literatura sólo podía abordar grandes temas. Ante esa novela surgió una vocación pero también una determinación de vida: el mundo comenzó a parecerme un pretexto para la escritura, nada de lo que me sucediera sería en vano. Narrar se convirtió desde ese momento en un remedio existencial y en un problema literario; sabía lo que quería, pero debía encontrar cómo hacerlo. Esa dinámica no me ha abandonado desde entonces.

Teatro, crónica, novela, columnas, libros infantiles, hasta series de televisión. ¿Te enfrentás a cada género con una actitud especial o sos siempre el mismo?

Cada género te somete a desafíos técnicos distintos y, sobre todo, a distintas maneras de entrar en tensión y ponerte nervioso. Por temperamento, necesito cambiar de estímulos nerviosos. Soy impaciente y acelerado; estos defectos de carácter buscan compensación pasando de una cosa a otra. Pero no me parece tan extraño transitar por formatos diferentes; soy como un sastre de la prosa, que hace prendas en distintas tallas y con distintos diseños, sin cambiar de aguja ni de tijera. Muy distinto es el caso de gente como David Bowie, que era actor, cantante, compositor, fotógrafo, redactor, pintor, bailarín y no sé cuántas cosas más.

En “Darse de alta” contás la experiencia de autocuración que emprendió Aby Warburg con el arte. Y asegurás que más allá de que la escritura pueda llevar al quijotismo, “también contribuye a sobrellevar el peso del mundo”. ¿Encontrás esa función terapéutica en tu escritura? ¿Qué cuestiones del mundo llevas mejor cuando escribís?

La literatura permite una reconciliación crítica con un mundo imperfecto. Si la realidad fuera magnífica no necesitaríamos del arte; probablemente ni siquiera soñaríamos y acaso no tendríamos inconsciente. Las formas de la imaginación existen porque la realidad está mal hecha y necesitamos completarla. Leer y escribir pueden ser procesos de sanación, o al menos permiten, como ya dije, una reconciliación crítica: aceptamos la realidad sin dejar de cuestionarla ni de considerarla defectuosa; nos burlamos de ella, la adornamos, le atribuimos virtudes acaso inexistentes. En fin, transformamos la queja en méritos estéticos.

Por Ana Clara Pérez Cotten – Télam.

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