Un nuevo escenario interactúa con el económico para la disputa central de 2019. Las razones y efectos del protocolo de la ministra, que legitima "la mano dura".

La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, y el presidente Mauricio Macri.

Nadie puede negar a esta altura que la ministra Patricia Bullrich representa el ala súper dura del gobierno de Mauricio Macri. Su defensa del accionar violento de las fuerzas de seguridad a través del protocolo de uso de armas que promueve por vía de la resolución 956/2018, es una demostración. Más allá de que probablemente naufrague una vez que la Justicia se expida ante los planteos de inconstitucionalidad que se han presentado, el protocolo es la expresión de un manifiesto político que se propone aglutinar a la derecha argentina frente al populismo que representa Cristina Fernández de Kirchner y que -según las encuestas- será el rival a enfrentar y vencer.

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No es nuevo ni será la última vez que este canal de enorme riesgo sea utilizado. La diferencia sustancial, es que el fascismo en Argentina ejerció durante las dictaduras impuestas por los distintos golpes de Estado que se sucedieron entre 1930 y 1976, no en democracia. Nunca desde 1916, una fuerza de derecha, constituida como tal, esto es de modo explícito, fue gobierno y desplegó su arsenal ideológico, político y técnico. Esta es la primera vez.

La década de Carlos Saúl Menem entre 1989 y 1999 fue la de un gobierno neoliberal y de derecha, pero más actuó que dijo. No expresó de este modo, como Bullrich, el pensamiento cuasi fascista de amplias capas sociales argentinas, pero dejó que las fuerzas de seguridad continuaran con su impronta dictatorial y cometieran todo tipo de abusos. El paradigma de ese modo de hacer, en aquellos tiempos, fueron las policías de las provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba. Masacres, fusilamientos, torturas, y desapariciones sucedieron en esos diez años, pero sucedieron como si se tratara de una doble vida, era cubiertas en los hechos, pero no legitimadas.

Ahora, la diferencia sustancal, es que Bullrich cubre el accionar violento de las fuerzas de seguridad desde la ideología y desde el relato e intenta llevarlo al aparato jurídico.

Sin embargo, la ministra no actúa en soledad, es la expresión orgánica del gobierno y del presidente Mauricio Macri. Lo dijo el miércoles por la noche: el presidente está de acuerdo conmigo. No necesitaba decirlo, ningún ministro hace “la suya” en un gobierno de gestión verticalista como el actual (lo mismo sucedía en el anterior y por la misma razón).

La ministra no actúa en soledad, es la expresión orgánica del gobierno y del presidente Mauricio Macri.

Hay un pensamiento político clásico que señala que el endurecimiento de la represión social y política es coherente con la aplicación de un programa de ajuste. Sin embargo, eso sucede no sólo durante un proceso de ajuste, sino también durante la implementación de los programas económicos cruzados por el pensamiento neoliberal y la globalización financiera y de derecha. La represión estatal o la inminencia de su acción, cumplen una función de ordenamiento social y político, que es la de construir disciplina social (real y simbólica). Una parte de ella ocurre también en los gobiernos populistas o de izquierda; sobre todo en el plano político, cuando comienzan a expresarse reacciones (por derecha) a los programas económicos y sociales “distribucionistas”. En definitiva, eso es cierto, pero resulta insuficiente para explicar las decisiones actuales del gobierno.

Un segundo componente que quizá haya que tener en cuenta, y que complejiza el análisis precedente, es el de la elaboración y planteamiento de un relato político aglutinante, en este caso, alternativo al económico, al republicano y al de los buenos deseos y la normalidad, que ha primado en estos tres primeros años de la administración Macri.

Un segundo componente que quizá haya que tener en cuenta, y que complejiza el análisis precedente, es el de la elaboración y planteamiento de un relato político aglutinante, en este caso, alternativo al económico, al republicano y al de los buenos deseos y la normalidad, que ha primado en estos tres primeros años de la administración Macri. El relato, por cierto, son las palabras que se utilizan para dotar de significado y significante a las acciones de gobierno. No es campaña, no es discurso para llegar al poder. No son promesas. Son las palabras e ideas que se enlazan con las medidas que toma un gobierno. Es el cómo será recordado. Puesto en ejemplos, sería “el gobierno X fue de la justicia social” o “el presidente H fue el que hizo potencia al país”. No es discurso, porque la publicidad y el engaño no son suficientes para moldear un relato. El relato son las palabras e imágenes que retendrá la memoria. Es decir, hay ideas, conceptos y realidad.

El policía Luis Chocobar y el presidente Mauricio Macri. Foto: Twitter Mauricio Macri.

Macri y Bullrich tratan de estructurar un relato que los asocie a la protección y la seguridad. Se trata de un planteamiento binario, policías buenos-delincuentes malos, que se constituye a partir del sentido común dominante, de que el aparato represivo actual es insuficiente porque no lo dejan actuar. Y el culpable de “no dejar actuar”, en ese modelo de pensamiento, es el sistema político. La asociación directa delincuencia-sistema político es directa en este esquema.

Con la economía que no traerá grandes alegrías y producirá broncas; y con el llamado al diálogo con los iguales pero no con los distintos, lo que tampoco traerá soluciones, aunque desplegará un manto de protección sobre las duras políticas de ajuste; el relato de “la mano dura” es un factor ofensivo, constructor de comunidad política. Entonces, el protocolo Bullrich parece tener también ese fin.

El relato de “la mano dura” es un factor ofensivo, constructor de comunidad política. Entonces, el protocolo Bullrich parece tener también ese fin.

De más está decir, que no será suficiente para ninguna fuerza opositora contraponer los ejes económico, republicano, social, cultural o de pertenencia política para enfrentar o penetrar a esa comunidad amarilla. ¿Por qué? porque la influencia depende -al menos- de dos factores: el contexto en el que se desenvuelven los argumentos y la masa crítica o volumen de los grupos que los explicitan. El protocolo Bullrich tiene consigo a una enorme porción de la sociedad argentina y la disputa, por cierto, será difícil para quienes quieran caminar en otro sentido, pero ineludible a la vez, dado que sin darla no podrán disputar el poder.

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