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Batalla de Acosta Ñu (1869), donde el horror y la ficción se mezclan

Imagen Ilustrativa.

¿Cómo se dicen el horror y el espanto apreciados a corta distancia? Cuenta el historiador Juan José Chiavenatto que “los niños de seis a ocho años, en el fragor de la batalla, despavoridos, se agarraban a las piernas de los soldados brasileros, implorando que no los matasen. Y eran degollados en el acto. Escondidas en la selva próxima, las madres observaban el desarrollo de la lucha. No pocas se armaron de lanzas y llegaron a comandar un grupo de niños en la resistencia”… “El Conde D´Eu, un sádico en el comando de la guerra, después de que la tremenda batalla de Acosta Nú hubo terminado, al caer la tarde, cuando las madres de los niños paraguayos salían de la selva para rescatar los cadáveres de sus hijos y socorrer los pocos sobrevivientes, mandó a incendiar la maleza, matando quemados a los niños y sus madres. Su orden era matar “hasta el feto del vientre de la mujer”.

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“También mandó a cercar el hospital de Peribebuy, manteniendo en su interior a los enfermos -en su mayoría jóvenes y niños- y lo incendió. El hospital en llamas quedó cercado por la tropa brasilera que, cumpliendo las órdenes de ese loco príncipe, empujaban a punta de bayoneta adentro de las llamas a los enfermos que milagrosamente intentaban salir de la fogata. No se conoce, en la historia de América del Sur por lo menos, ningún crimen de guerra más hediondo que ese.” (Fuente- Juan José Chiavenatto. “A guerra do Paraguai)

¿Cómo podría contar una niña sobreviviente ese mismo horror y el espanto que la sobrecogía? Miro hacia el horizonte, cuenta la niña y solo veo el humo que desprenden los incendios. Olor a carne de muertos, de muertos recientes y a pasto quemado, a pólvora, al sudor que secreta el pánico que despierta el escenario. Unos pocos gritos desgarradores en la espesura del monte. Mucha sangre. Soy tan poquita cosa que nadie se da cuenta de que me estoy alejando del centro de la batalla, soy un montículo de barro que se mueve entre los hormigueros y las matas de pasto seco a los que el fuego persigue lamiéndome los pies. Una mujer canguro con su lactante atada a la espalda me rescata de un charco de barro y me lleva de la mano. Me pide que no llore pero es un pedido tardío, ya no lloro, mi garganta sigue estrangulada por el grito que no quiso salir cuando degollaron a mi madre delante de mí. No entiendo esa crueldad ni la piedad de la mujer que me rescata. La escucho murmurar una oración o un salmo que ruega salvación para las tres. Debajo de las faldas alcanzo a divisar un couteau y sostenida por su mano izquierda una lanza de hierro ensangrentada. Ha pagado su libertad y está dispuesta a que no se la arrebaten. A medida que sus manos barren el sudor de su rostro percibo que no está cubierto con barro, que lo oscuro es el color de su piel y la del bebé.

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El eco del monte repite las palabras del baqueano: ha dicho que vienen veinte mil soldados de la Triple Alianza, bien alimentados, bien vestidos y montados en caballos entrenados para enfrentar el fragor de una batalla, bien armados con bayonetas, espadas, arcabuces y cañones, transportados por el río a bordo de fragatas y bergantines brasileños, ingleses y franceses, para apoderarse de una trinchera en la que somos apenas tres mil quinientos humanos, entre ancianos, mujeres y setecientos niños de entre diez y dieciséis años con las caras pintadas con barro para que parezcan barbas. Armados a la buena de Dios con lanzas, fusiles viejos, pólvora casi agotada y harapientos, con unos pocos caballos cansados y hambrientos y sedientos, más una caravana de carretones tirados por flaquísimos caballos calcinados por el sol tremendo que castiga desde temprano. Son apenas las siete de la mañana y todas las aves del monte deciden evacuar el área abandonando a los pichones en sus nidos. Huyen también los pumas, los cerdos salvajes, los aguará guazú, los yacarés y todas las aves que anidan en el monte.

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Presiente la niña que hay muchas cosas que no se dicen ni se dirán. Ha visto compañeros de su escuela de entre seis y ocho años que portan armas de mano y que los fusiles son para los mayores de diez. En sus caritas se ve más asombro que miedo porque van tomados de las manos de sus madres, ellas sí aterrorizadas pero valientes, con sus pistolas, fusiles viejos en bandolera, con sus bayonetas caladas y las cabezas cubiertas con sombreros o pañuelos. Todos los leales a Francisco Solano López, a quien el enemigo estigmatiza como tirano, han sido alentados a parecerse a hombres maduros para asustar de cerca al enemigo. Casi todos hablan guaraní. El enemigo habla varios idiomas: español, portugués, bantú, cocoliche, francés, inglés. Y son muchos más. Y despiadados. Se habla de que ese conde brasileño perverso y asesino, que no respeta a las mujeres ni a los niños ni a los inválidos conduce las tropas hacia Acosta Ñu. La consigna es que no pasarán, como ocurrió en Curupaity, donde un ejército aliado de veinte mil hombres perdió diez mil entre muertos, heridos y pertrechos en un inmenso lodazal frente a las raíces de los árboles tumbados para ocultar sus cañones, a manos de cuatro mil quinientos paraguayos de los que solo veintitrés fueron muertos y setenta y nueve heridos. La tozudez del general Bartolomé Mitre llevó a que su crédito militar se devaluara a cero frente a los suyos y frente al mundo. Acá en Acosta Ñu no ha llovido ni lloverá pero sobra coraje. Las tropas enemigas llegarán al mando de otros generales y del perverso conde. Amanece temprano. Otra niña, que pulsa las cuerdas de un arpa, se interrumpe cuando el clarín de la diana llama a ocupar sus puestos de combate. No son las siete todavía y ya aclaró.

Escucha decir la niña que el general Caballero extendió su línea de batalla destacando en su vanguardia al coronel Moreno, con dos cañones, y al comandante Franco a la cabeza de su batallón. Haciendo frente al temible enemigo, continuó el retroceso: su única posibilidad era llegar a los bosques de Caraguatay. También se dice que el general Caballero se ha hecho fuerte sobre el puente de Piribebuy y que contuvo con éxito el avance de sus perseguidores. La tarde declinaba cuando de pronto se vieron atacados en la retaguardia por una fuerte columna de infantería, con ocho bocas de fuego del ejército brasileño a las órdenes del general Resín. Caballero se vio obligado a dividir fuerzas y a atender a dos ataques simultáneos. A poco de comenzar la batalla lo vi morir al general Franco y vi dispersarse a los pocos veteranos que quedaban del 6° de infantería, la columna vertebral de la resistencia. Solo quedábamos los niños, los ancianos y unos pocos jinetes mal montados. Eso pudo decir de la batalla una de las poquísimas testigos presenciales que sobrevivieron a esa tremenda masacre, en una libreta manchada con barro, que nunca fue encontrada.

* El 16 de agosto: se celebra el día del niño en Paraguay.

* Fernando López es escritor y abogado. Fue juez de instrucción y juez de control en la justicia provincial de San Francisco. Lleva publicadas varias novelas y desde 2014 organiza el Encuentro Internacional de Literatura Negra y Policial “Córdoba Mata”.

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