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[¿VIAJAMOS?] El Sahara, un destino inevitable

[¿VIAJAMOS?] El Sahara, un destino inevitable

Los amantes de los viajes aseguran que, si vas a Marruecos y no llegás hasta el Sahara (desierto en idioma árabe), te arrepentirás por el resto de tus días. Así de fuerte es el magnetismo que genera el desierto más grande del mundo.

Para llegar, es recomendable caminar antes por ese país del Norte africano y así adentrarse en un mundo fascinante.

Enredacción-Te contamos

Nuestra puerta de entrada a Marruecos -un Estado Islámico, donde la religión lo rige todo- y punto de inicio hacia el enorme Sahara fue la ciudad de Marrakech, la quinta más poblada del país.

VER [¿VIAJAMOS?] El desierto en fotos.

VER [¿VIAJAMOS?] Marruecos en pocas palabras.

Marrakech nos permitió acercarnos, tímidamente, por cierto, a una cultura diferente y caer en la cuenta que nos encontrábamos en las antípodas de Occidente.

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Los cinco llamados a la oración al día, que propagan los minaretes de las mezquitas de la ciudad, atraen a los turistas. Al paso, los musulmanes se arrodillan sobre sus tapices mirando a la Meca y rezan en cualquier punto donde el llamado los encuentre.

Recorrer la gigantesca plaza Jamaa el Fna con sus encantadores de serpientes, admirar la Mezquita Kautoubia, no perder de vista las construcciones pintadas de rojo (el color que identifica a Marrakech) y dejar que el olfato se deleite con los aromas de las especies, las frutas y los dátiles que venden en la calle, son la mejor manera de adentrarnos en el universo marroquí.

Los bares y lugares de comidas, salvo en lo modernos centros comerciales en las zonas más nuevas de la ciudad, son territorio vedado para las mujeres. Allí los hombres ven pasar la vida bebiendo te.

La otra foto, en la ruta hacia el desierto, son las mujeres y sus velos (los hiyab, que cubren la cabeza y el pecho, y lo suelen usar desde la pubertad).

La mayoría luce sus cabezas cubiertas, algunas dejan ver sólo sus ojos y otras llegadas de Argelia, un solo ojo descubierto. En la ciudad, los velos son de colores variados mientras que en el interior profundo se impone el color negro.

La mayoría luce sus cabezas cubiertas, algunas dejan ver sólo sus ojos y otras llegadas de Argelia, un solo ojo descubierto. En la ciudad, los velos son de colores variados mientras que en el interior profundo se impone el color negro.

Dos días en Marrakeck pueden dejar sabor a poco, pero, como dice Antonia, nuestra guía española, alcanzan para adentrarse en este nuevo mundo.

LA RUTA DE LAS FORTALEZAS

Tomamos la Ruta de las Mil Fortalezas (kasbahs) para cruzar la gran Cordillera del Atlas (2200 metros de altura), y llegar al pueblo fortificado de Ait Ben Haddou.

En este tramo, aparecen las mujeres cubiertas de negro de pies a cabeza; muchas, cargando hijos y bultos, lavando la ropa en los ríos o arando la tierra.

Mientras, los hombres siguen bebiendo te y viendo cómo pasa la vida. Un contraste cultural que se repite en cada pueblo o ciudad. Ait Ben Haddou es Patrimonio de la Humanidad y fue escenario de películas bíblicas y series. Allí se filmaron algunas escenas de la serie Juegos de Tronos.

El siguiente punto es Ouarzazate, una ciudad conocida como la Hollywood de África por sus imponentes escenarios naturales, allí se filmaron clásicos como Lawrence de Arabia, una de las versiones de Star Wars, Gladiador y escenas de Babel.

El dromedario y su cuidador esperando por los viajeros.

La última parada antes del desierto es la ciudad de Erfoud donde los turistas compran los pañuelos que usarán en la travesía en camello y que son indispensables para cubrir la cara y proteger los ojos de la arena y el sol. Los vendedores, buenos vendedores como su origen lo manda, nos enseñan cómo lidiar con ellos para emular a los habitantes del Sahara.

La última parada antes del desierto es la ciudad de Erfoud donde los turistas compran los pañuelos que usarán en la travesía en camello y que son indispensables para cubrir la cara y proteger los ojos de la arena y el sol.

El desierto no es solo arena como nos imaginábamos. El desierto es un paisaje único, inalcanzable en el que las dunas, la grava, las piedras, los oasis y los colores se mezclan para regocijar los sentidos.

En su inmensidad, el Sahara toca una docena de países africanos y cada momento del día su fisonomía cambia para convertirlo en un espectáculo mágico de la naturaleza.

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Al corazón de las dunas se llega en vehículos 4X4 en una travesía que inicia las 5 de la tarde e incluye la visita al desierto, el paseo en camello y cena en una carpa en el desierto, cómo la de los nómades que también encontraremos, a la luz de la luna y las estrellas.

Rahid será nuestro guía local. Vestido con chilaba (túnica) y babuchas (una especie de zuecos bajos) nos explica cómo será el paseo. Lo hace en un español que se deja comprender y que conoce gracias al reguetton caribeño que suena en su radio. Nos advierte que quizá esa noche seamos testigos de una de las famosas tormentas de arena.

El atardecer asoma y junto a él, algunos kilómetros más cerca de nuestro destino, un hotel cinco estrellas, una exquisitez que aprovechan algunos turistas para ver el amanecer en el Sahara. Atrás del edificio, está nuestro objetivo: el desierto.

El esperado encuentro hace que las pulsaciones comiencen a subir mientras  los colores de la arena y las sombras de la tarde pintan un cuadro único. Mientras nuestros ojos se quedan chicos para abarcar tanta inmensidad, el silencio se hace oír y la emoción del momento no se puede disimular.

También en silencio y en una paz que produce cierta envidia, los hombres del desierto esperan con sus dromedarios. Detrás de las jorobas, los beduinos se conectan por celulares. Estamos frente a una composición casi perfecta de tradición y modernidad.

La foto completa. El Sahara es una realidad.

El bueno de Hassan será nuestro anfitrión en esta parte de la aventura. Nos dice que ama al Sahara y que nunca salió de allí. Nos retrata y entretiene con sus anécdotas. Dice, y hay que creerle, que goza con el mejor trabajo del mundo.

Desde arriba del camello, el sol dibuja nuestras siluetas en la arena ocre, rojiza, oxidada mientras nuestros ojos se abren para dar cabida a tamaño espectáculo en una inmensidad que se diluye en el horizonte. Una postal.

Ibrahim conduce el grupo de cuatro camellos a pie. Nos pide que agarremos fuerte las manillas de las monturas y tiene razón. Los pies de los camellos se hunden en la arena y, allá arriba, lo sentimos como un temblor. El recorrido dura alrededor de 40 minutos y mientras la arena lo envuelve todo, las sombras, más largas por la cercanía del atardecer, ganan espacios en las fotos que tratan de atrapar ese momento único e inolvidable.

Ibrahim conduce el grupo de cuatro camellos a pie. Nos pide que agarremos fuerte las manillas de las monturas y tiene razón. Los pies de los camellos se hunden en la arena y, allá arriba, lo sentimos como un temblor.

Cuando el día se hace noche en el Sahara, sus habitantes dicen que las estrellas que desde allí se ven son las más bellas del mundo. No podemos dar fe de ello, una tormenta de arena que nos obligó a resguardarnos en la carpa por dos largas horas nos impidió  la frutilla del postre. Esa será, a partir de ahora, una cuenta pendiente con el maravilloso desierto.

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