José “Cabrito” Suárez dejó una nota antes de matar a sus compañeros de trabajo. Le pidió al dueño de su casa que devuelva la bicicleta y el ventilador a un vecino. Y le dejó sus bienes como cancelación del alquiler. Remata la carta pidiendo “Perdón”.

La Fábrica de Hielo Polarcito, en barrio San Vicente, donde ocurrió el crimen. Foto: Mariano Paiz.
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Antes de ir a trabajar a la fábrica de hielo donde el lunes asesinó a tiros a dos de sus compañeros e hirió con una tijera a otro, José “Cabrito” Suárez (42) dejó en el departamento que alquilaba en barrio San Fernando, una nota dirigida al propietario de la vivienda. Son pocas líneas escritas en una hoja de cuaderno, donde no explicita lo que horas después haría, pero deja indicaciones prolijas para no quedar en deuda con nadie y da a entender que pasará años en la cárcel.

Como las legendarias últimas palabras de Sócrates (“Critón, debemos un gallo a Esculapio. Paga mi deuda y no la olvides”), Suárez, en su breve testamento, le indica al dueño del departamento que, en su ausencia, devuelva los bienes que pidió prestado. Puntualmente, le pide que le lleve la bicicleta y el ventilador, al verdadero dueño.

El departamento donde hasta el lunes vivió el asesino múltiple, es pequeño: una habitación, cocina-comedor y baño. “Una casa normal”, definida por uno de los investigadores que allanó el lugar. No tenía auto; viajaba en taxi o colectivo hasta la fábrica, ubicada en Calle Argandoña esquina Tristán Narvaja, en barrio San Vicente.

Los bienes de Suárez, que desde ayer está en Bouwer, son pocos. En la nota, le aclaraba al propietario del departamento que la heladera, el televisor y el lavarropas quedaban. “Dejatelo como parte de pago. Podes venderlo o hacer lo que quieras”, escribió.

Según las fuentes que accedieron a la nota, Suárez dejaba entender que iba a ir preso, pero no especificaba años, como trascendió primero. “Decía que cuando saliera en libertad iba a tratar de recuperar sus cosas y tener una casa propia”, contó la fuente. Al final, antes de firmar, anotó: “Perdón”.

Una vecina, Mónica, contó a Cadena 3 que “era un chico especial”. “Si él me hubiese contado lo que le pasaba en la fábrica yo lo hubiera ayudado”, dijo. Después de matar a Ramón y Damián Rojas (padre e hijo) llamó a la policía y se excusó diciendo que lo hizo cansado de que sus compañeros se burlaran poniendo en duda su sexualidad.

Para el fiscal Alfredo Villegas, la carta y otros elementos “podrían llevar a pensar en una premeditación”. Suárez está imputado de homicidio reiterado agravado por el uso de arma de fuego. En el hospital de Urgencias sigue inconsciente Hugo Herrera, de 60 años, el encargado de la fábrica Polarcito, que terminó con una tijera clavada en su cuello.

Suárez será sometido a pericias psicológicas y psiquiátricas. “Nunca tuvimos un caso con semejantes resultados. Necesitamos recabar información junto con las pericias psicológicas y psiquiátricas. Además, debemos incorporar todos los testimonios que hemos ido recabando para determinar si hubo un caso de mobbing o acoso laboral”, dijo Villegas a Cadena 3.

ESTOY DESTROZADO

Cristóbal Lázaro, dueño de la fábrica Polarcito, habló ayer y manifestó su estado de conmoción con dos palabras: “Estoy destrozado”. Ramón Rojas era empleado de la empresa desde hace más de 20 años y su asesino llevaba una década compartiendo espacio de trabajo con él.

Lázaro recordó que tiempo atrás recibió un llamado de un empleado administrativo contándole que Suárez “no andaba como tenía que andar”.

“Trabajar, trabajaba, pero no sé qué tenía el chico este, es una cosa rara. Yo cuando iba a la fábrica, lo saludaba y era de pocas palabras”, contó Lázaro. Por ese episodio mantuvo una conversación con Suárez unos cinco años atrás. “Le pregunté, ‘¿Qué te pasa’’. Y me dijo: ‘Me siento incómodo, los muchachos me cargan’. No me dijo el motivo de las bromas. Yo después les dije a los muchachos que por favor no lo molesten para ninguna cosa”, recordó.

Damián y Ramón Rojas fueron sepultados ayer en La Calera, donde vivían con su familia.

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