Un perfil del hombre que se fue de Córdoba sin dejar un solo rastro. Impresiones sobre un personaje astuto como pocos.

El Francés en el portal de Interpol.

No basta haberlo visitado en tres ocasiones cuando estaba en su celda de planta baja del pabellón dos de la vieja Penitenciaría de San Martín. No alcanza con haber hablado telefónicamente con él al menos una docena de veces. No sirve de mucho haber estado sentado tres veces en el sofá del living de su casa en Urca escuchando sus relatos inverosímiles. Tampoco es suficiente haberse reunido varias veces con su defensor oficial, ni mucho menos con el fiscal que lo investigó, pero que también se valió de su “colaboración” para investigar el Narcoescándalo. De poco vale haber leído y estudiado de punta a punta aquella polémica y cuestionada sentencia en la que se le atribuyen todos los males juzgados, ni las tantas otras sentencias que lo tuvieron en el banquillo.

VER Una vez extraditado, el “Francés” podría ir a juicio con Rafael Sosa y sus subordinados.

Nada de eso alcanza para moldear un perfil de Juan Francisco Viarnes, justamente porque Viarnes -o como quiera que se llame, ¿quién lo sabe?- es probablemente el ser más escurridizo y enigmático sobre el que se haya escrito en la prensa de Córdoba durante la última década.

En la cárcel de San Martín, Viarnes, apodado “El Francés”, se presentaba como “cuñado de la Garza Sosa”; aunque falsa, jugosa carta de presentación en el mundo del hampa, la cual, sumada a su verba, a su inteligencia y sobre todo a su astucia, lo ponían por encima de cualquiera, y lo convertían en dominador de la escena tumbera. Donde quiera que fuera.

Compartió celda con Willy Arias, un interno condenado por narcotráfico y portador de HIV, que en la cárcel supo abrirse a fuerza de sucesivos hábeas corpus, el derecho que le asistía a él y a muchos otros por detrás, como enfermo de SIDA. Viarnes lo asesoraba y de hecho colaboró en una investigación periodística (y luego causa judicial) en 2007, en la que se demostró que a los presos de San Martín les administraban medicamentos y anti-retrovirales vencidos.

Años más tarde compartió celda con Juan Bardón, otro dealer “mediopelo” de esta provincia. En esa ocasión, y ante los ojos de este periodista, demostró cómo se traficaba drogas de cualquier tipo dentro de ese pabellón, ante la mirada impávida de los guardias. Incluso aseguró que en ocasiones, eran los propios carceleros los que proveían esas sustancias prohibidas, algo que no pudimos probar. La investigación periodística y la correspondiente denuncia recalaron en la Justicia Federal, sin demasiados avances.

En esos húmedos pabellones de barrio San Martín, a Viarnes le gustaba recordar sus andanzas con la banda del Gordo Valor, aquél célebre cabecilla de los forajidos que se dedicaban a tumbar blindados en el Conurbano. Probablemente sea cierto que “Juancito Viarnes”, como se lo conocía allá por los ’90, haya formado parte de ese grupo. “Yo era el más pendejo”, fanfarroneaba, presumiendo de una inteligencia que fue la que le hizo ganarse espacio entre los pesados-pesados.

También le gustaba contar de sus andanzas por el Litoral, cuando participó junto al Ruso Lohrman del secuestro de Cristian Schaerer, el hijo de un corrupto ministro de salud del gobierno correntino de Tato Romero Feris. “Cobramos dos veces el rescate, pero el pibe no se quiso volver”, contaba socarrón “el Francés” a quien quisiera prestarle el oído.

ASTUCIA EN EXCESO

Tal vez sea ése uno de los pocos datos certeros sobre su persona: a Viarnes le encanta sacar chapa donde quiera que esté. En Córdoba, en Buenos Aires, en Corrientes, en San Juan, en Misiones, en Paraguay, en Brasil, por nombrar algunos de los destinos por donde fue dejando huella en su carrera delictiva. Y probablemente haya sido la astucia su principal fortaleza; pero también la debilidad que lo hizo caer en más de una ocasión. Exceso de confianza, que le llaman. Como le pasó en Paraguay.

Cuando el Narcoescándalo estallaba en los medios de toda la provincia y de hecho alcanzaba tapas de diarios de tirada nacional, Viarnes caminaba su frágil libertad como un animal enjaulado. Nada le impedía salir de su casa ni trasladarse adonde quisiera. Pero sabía que había quebrado un pacto de sangre con sus cómplices uniformados del más alto rango, y tenía en claro que el ventilador que había prendido había sido demasiado grande. Y que se lo iba a tragar a él. Por eso terminó yéndose.

Su huída era tan previsible como beneficiosa para todos los actores -policiales, judiciales, políticos, empresariales- que ‘satelitaban’ la causa. Con Viarnes fuera de escenario, había un chivo expiatorio a quien asignarle todas las culpas.

Ya tendría tiempo más tarde para correr el cuerpo, habrá pensado. Y así lo hizo en una entrevista periodística concedida desde una celda en Caaguazú, Paraguay, ni bien cayó detenido. En esa ocasión Viarnes se desdijo de todo lo que había declarado ante la Justicia y ante la prensa, cambió su discurso y resolvió ponerse el traje de “enviado del gobierno K para perjudicar a De la Sota”.

No hubo repreguntas. No hubo cotejamiento con todos los datos anteriores que habían salido de la propia boca de Viarnes. Ni con el expediente. Ni con lo denunciado por sus víctimas. El hombre más enigmático de la última década se acababa de calzar un nuevo traje, asumiendo un personaje mucho más cómodo, inofensivo y conveniente para los principales actores del poder.

Con ese traje llegará a Córdoba cuando sea extraditado. Habrá que ser más astutos que él.

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