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Las bacterias y la vida

Martes 20 de Octubre de 2020

Las bacterias y la vida

Ed Yong, el autor de Yo contengo multitudes.
Enredacción Socios
Manula

Con solo leer este artículo ya estás depositando miles de bacterias en el teclado o en la pantalla de tu móvil. Pero no te apresures a limpiarlas; no contaminan. Es más, pueden llegar a salvarte la vida. El periodista Ed Yong lleva una década entrevistando a los mayores expertos mundiales en estos microorganismos para plasmar sus impresiones en Yo contengo multitudes (Editorial Debate, 2017).

Solo en el intestino, su número supera al de estrellas suspendidas en la Vía Láctea. El periodista Ed Yong no las ha contado una a una pero sí ha entrevistado a quienes las estudian al detalle. Diez años de trabajo con cientos de científicos que daban sus frutos el año pasado con la edición en inglés de Yo contengo multitudes, su primer libro.

Calificado por Bill Gates como “el periodismo científico en su mejor momento”, la obra se convirtió rápidamente en un best seller, ocupando las listas literarias del New York Times, The Economist o The Guardian. En los próximos días se publica su edición en castellano. La información fue publicada por la agencia española Sinc.

“Se dice que ahora estamos en el Antropoceno: un nuevo periodo geológico caracterizado por el enorme impacto que los seres humanos han tenido en el planeta. También podría argüirse que seguimos viviendo en el Microbioceno: un periodo que comenzó en los albores de la vida y continuará hasta su fin”, destaca Yong.

Todo empezó hace unos 2.000 millones de años, cuando una arquea y una bacteria se fundieron en un acto sin precedentes. Esos son nuestros orígenes. Todos los organismos eucariotas –animales, vegetales, hongos y protozoos– descendemos de esta fusión. A partir de ahí, la vida no ha dejado de evolucionar.

Como entonces, nuestro cuerpo experimenta cada día un ejercicio de simbiosis perfecto, en el que conviven billones de células con billones de bacterias, hongos, arqueas y también virus. Una nutrida orquesta, cuyo director es el sistema inmunitario. “La función principal del sistema inmunitario es administrar nuestras relaciones con los microbios residentes en nosotros”, define el periodista.

Hoy sabemos que la mayoría de las bacterias son inofensivas y nos mantienen sanos, aunque hay una minoría que provoca enfermedades. Durante décadas, estos microorganismos han tenido el sambenito de ser el enemigo público número uno, que había que eliminar a toda costa. Ahora es más habitual la corriente contraria: las bacterias son buenas. También es errónea.

“No podemos suponer sin más que un determinado microbio es “bueno” solo porque vive dentro de nosotros. Hasta los científicos olvidan esto”, critica Yong. “El término “simbiosis” ha sido retorcido para dar a su neutro significado original –“vivir juntos”– un sentido positivo y connotaciones un tanto exageradas de cooperación y armonía. Pero la evolución no funciona de esa manera”, añade.

Analizando las últimas investigaciones y sin caer en extremismos, el periodista recuerda la importancia de la lactancia materna y del parto natural para que la microbiota del bebé sea lo más completa y variada posible.

Según algunas estimaciones, las bacterias del recién nacido tardan de uno a tres años en alcanzar su estado adulto y son precisamente los microbios de la vagina materna los primeros en colonizarnos.

Yong pone sobre la mesa algunas hipótesis sobre la proliferación de las alergias, que podría tener que ver con una vida cada vez más limpia. Como nuestro sistema inmunitario ya no tiene que combatir con los microbios del barro, del ganado o del agua sin purificar que ingeríamos en el siglo pasado, podría haberse relajado. Al enfrentarse a sustancias inofensivas como el polen “siente pánico y exagera sus respuestas”, explica el periodista.

A eso hay que sumar el abuso de antibióticos, que crea bacterias cada vez más resistentes. Para sobrevivir, estos microbios son capaces de transferirse el ADN de unos a otros, sorteando a sus atacantes, en este caso, los antibióticos.

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Es decir, si una bacteria consigue desarrollar un escudo frente al medicamento, puede decirle cómo hacerlo a sus vecinas, tan solo acercándose y ‘pasándole’ su estrategia a través de sus genes. El riesgo está en que estas superbcaterias se hagan inmunes a cualquier tipo de antibiótico, como ya está pasando.

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