Una requisa logró interceptar el ingreso de una gran cantidad de elementos y sustancias prohibidas. Fue en el Módulo MX2 de Bouwer, el de máxima seguridad. Otra vez el Grupo Antinarcóticos brilló por su ausencia.

Roberto Montoya intentó ingresar con un importante cargamento de sustancias y elementos prohibidos, probablemente con el fin de comercializarlos en el interior del Módulo MX2 de Bouwer, el de máxima seguridad.

Creyó que llegando unos minutos tardes lograría esquivar la requisa de la mañana. Y eso hizo. Ni bien ingresó al módulo MX2, el del fondo a la izquierda en el complejo penitenciario de Bouwer, enfiló para la cuadra donde los empleados dejan sus pertenencias antes de tomar servicio, como si nada pasara. Bastante básica la coartada para un dato que había sido certero.

En el camino, un móvil del Servicio Penitenciario de Córdoba le saldría al cruce. Y fue ahí cuando Montty, nombre como era conocido el empleado penitenciario Roberto Fernando Montoya (37), se dio cuenta que al mismo tiempo, su carrera y su libertad habían llegado a su fin.

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La requisa sobre el empleado que trabajaba en el área de mantenimiento central fue muy sencilla. Luego de ser palpado sin resultado alguno, el control de su mochila arrojó hallazgos sorprendentes. O en realidad, confirmó lo que había llegado como un dato.

De esa mochila fue apareciendo aún más de lo que se pensaba. Según el inventario que difundió oficialmente el Ministerio de Justicia de la Provincia, se le hallaron 13 celulares, 16 chips de compañías telefónicas, 11 cargadores y 6 auriculares.

Pero aún más grave que eso resultaron las 460 pastillas (psicofármacos) y los 110 envoltorios pequeños cargados de cocaína, que en total sumaban 92 gramos de esa sustancia.

Nuevamente, en un episodio en el que se destectan imporatntes cantidades de sustancias y elementos prohibidos intentando ser ingresados a una cárcel, no intervino personal del Grupo Especial Antinarcóticos y Requisas del Servicio Penitenciario de Córdoba, que es precisamente el grupo táctico constituido y encargado de este tipo de tareas. Pese a ello, fueron nuevamente los empleados comunes los que lograron dar con el dato e interceptar al empleado infiel, poniendo una vez más en una situación “especial” a los que deberían encargarse de esta labor de modo específico.

De esa mochila fue apareciendo más de lo que se pensaba. Según el inventario del Ministerio de Justicia de la Provincia, se le hallaron 13 celulares, 16 chips de compañías telefónicas, 11 cargadores y 6 auriculares. Pero aún más grave que eso resultaron las 460 pastillas (psicofármacos) y los 110 envoltorios pequeños cargados de cocaína, que en total sumaban 92 gramos de esa sustancia.

UN EPISODIO MÁS DE NARCOCARCELEROS

Ni bien conocido el episodio, se notificó a la Fiscalía de Lucha contra el Narcotráfico y al Tribunal de Conducta Policial y Penitenciario, mientras el empleado Montoya fue detenido, puesto en pasiva y trasladado al área forense para su control general, para luego ser derivado al módulo MD1.

El caso de Montoya se suma a una larga lista de empleados detenidos intentando drogas. Un caso paradigmático fue el ocurrido en septiembre de 2016, cuando el empleado Juan Marcelo “Tota” Marquez intentó ingresar en sus borceguíes algo más de medio kilo de marihuana. Luego se sucedieron otros episodios similares, siempre detetectados por empleados y no por la división constituida específicamente para ese rol.

Pero sin dudas, el episodio más resonante de empleados infieles vendiendo drogas dentro de un penal cordobés fue el de Juan Ignacio Ludueña, carcelero de 33 años detenido en San Francisco y que formaba parte de una red de narcotráfico con altas vinculaciones políticas en el este cordobés y de gran cercanía al intendente, Ignacio García Aresca. Ese episodio puso de relieve la connivencia que en muchas ocasiones se da entre empleados de las fuerzas de seguridad y bandas de delincuentes.

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