La deuda externa no es sólo un instrumento para resolver problemas o cuellos de botella macroeconómicos, sino un moldeador de la estructura económica y social.

El presidente Mauricio Macri. Foto: Prensa Presidencia de la Nación.

La restauración del modelo neoliberal liquidó en apenas dos años y medio todas las reservas económicas, sociales y simbólicas de los 12 años previos y puso al país frente a la puerta de una nueva crisis. El mercado financiero, como era previsible, considera insuficiente la velocidad de las reformas en marcha y ha tirado del mantel haciendo caer toda la vajilla de arriba de la mesa. El presidente corrió a los brazos de Cristine Lagarde, la presidenta del FMI, y ahora llegará el turno de los ajustes salvajes como en la década de los ’90. A diferencia de aquella época, el patrimonio estatal no es tan relevante y el negocio que se montará será el de garantizar la valorización financiera, dado que el FMI es un custodio del sistema financiero internacional y su buena salud. El ajuste del gasto público es el que permite, según este sector del pensamiento económico, cumplir con los compromisos externos. Por eso lo recetan.

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Qué significa esto: a las transferencias brutales de ingresos en favor de petroleras y empresas de servicios públicos, y de inversores financieros a partir de las Lebacs y otros instrumentos, le seguirá ahora el de generar recursos estatales para el repago de la deuda que generó la toma de préstamos internacionales. Visto así, la deuda se convierte, nuevamente, en una herramienta modeladora de la economía de los países no centrales como Argentina.

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El problema que tiene el poder económico y financiero a partir de la aplicación de este programa económico neoliberal que redistribuye los ingresos sin anestesia (por eso los aumentos tarifarios y la inflexibilidad del índice inflacionario) y abre la economía, desindustrializando al país, es la insustentabilidad política. La soledad del presidente Macri requerirá ahora de un “conductor de la economía” al estilo de Domingo Cavallo en la presidencia de Carlos Menem, alguien que gerencie con toda claridad la matriz económica del modelo, sin interferencias de las impericias, que en este tiempo fueron numerosas. Será una especie de delegado interventor, como suele suceder en este tipo de planes. Y también, de una operación mayor, que es fracturar al peronismo, acercando al sector dialoguista de los gobernadores peronistas, no para conformar un gobierno de coalición, sino para evitar que padezcan de arranques populistas como el proyecto de ley que ata el precio de las tarifas a los salarios. El miedo a la catástrofe es un gran disciplinador social y político. Esa es la operación en marcha. Sin ello, el proyecto de reconfiguración de la economía no puede ser sostenido.

Sin embargo, más allá de la posición del peronismo dialoguista, se agigante la brecha política, social y cultural existente. Cuando el presidente en su discurso de ayer por la mañana, anuncia que acudirá al FMI para evitar que la crisis cambiaria se lo lleve a él, pide también que “nunca más haya soluciones mágicas”. Se intenta regresar al discurso del “no hay otro camino” y “mágico=populismo” para justificar las consecuencias sociales de este proyecto. También está diciendo que es necesario subordinar la política a la racionalidad, esto es a la política económica de mercado y sus supuestas verdades. ¿Cuál es la consecuencia? Aumentarán las demandas, paros, cortes de calles y rutas a causa del incremento de la desigualdad y se radicalizará el programa opositor, tanto sindical como político y social.

El gobernador de Córdoba, Juan Schiaretti. Foto: Prensa Gobierno de Córdoba.

Las provincias como Córdoba padecerán la política de desindustrialización y el paraíso de obra pública a costa de deuda externa que imaginó Juan Schiaretti está por ingresar en sus horas finales. Justamente, una consecuencia probable del desembarco del Fondo sea terminar con la generación de endeudamiento por fuera del Estado Nacional. En el corto plazo, la suba del dólar, que no bajará, alimentará la inflación y por consecuencia, la recesión. Aliviará el déficit de cuenta comercial (exportaciones menos importaciones) que era deficitario, porque encarecerá el costo de los productos en dólares. Si la pauta salarial del 15% se quedaba corta, ahora será más corta. La recesión hará crecer el desempleo y la pobreza.

Que regrese el FMI al país echa por tierra el sacrificio del país para sacarse de encima sus monitoreos periódicos, que no tienen nada que ver con el significado del control, sino con los efectos de sus misiones, que han sido dolorosos en la epidermis nacional. Nadie olvida con facilidad la crisis de 2001. Es un cuchillo clavado en el corazón, que excede a De la Rúa, y pone los ojos en el Fondo, como responsable. Abre ahora, su regreso, una herida transversal en el electorado de Cambiemos: la clase media que votó a Macri es la que tiene atragantado al FMI en la garganta.

La primera vez que Argentina recibió dinero del FMI fue en 1957, cuando la los militares que derrocaron a Juan Domingo Perón pidieron 75 millones de dólares. La última fue en enero y septiembre de 2003, por 10.000 millones de dólares. La relación terminó en  2006, cuando el presidente Néstor Kirchner canceló el total de la deuda. Fue una decisión económica y sobre todo, política.

Este es un nuevo bandazo, que intenta regresar a 2001 como si nada hubiera ocurrido y ocultar y borrar de la memoria lo que pasó entre diciembre de ese fatídico año y 2015. Es una locura. Y un retroceso. Semejante idea, lo único que producirá serán dolores mayores.

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