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El glifosato, el cáncer y la neurotoxicidad

Domingo 25 de Octubre de 2020

El glifosato, el cáncer y la neurotoxicidad

La corporación Bayer declaró la semana pasada que destinará 10.900 millones de dólares para indemnizar a particulares que la demandan por haber sido dañados con la exposición al glifosato. Con este acuerdo espera cerrar el 75% de las quejas, aunque le quedan casi 30.000 demandantes que no aceptaron el arreglo y seguirán litigando en los tribunales de Estados Unidos.

Enredacción Socios

En 2019 Bayer compró a su empresa rival Monsanto por 63.000 millones de dólares y desde entonces ha visto transferidas todas las demandas en su contra y ahora pretende cerrarlas o al menos achicarlas, destinando esta descomunal cifra, quizás la más elevada de la historia destinada por una multinacional para indemnizar daños a la salud generados por sus productos. Pese a ello, Bayer nunca manifestó la intención de abandonar la comercialización del tóxico herbicida ni de retirarlo del mercado.

En los juicios que se vinieron ventilando quedó expuesto el corrupto sistema que utilizó Monsanto para ocultar los datos de toxicidad del glifosato y lograr la aprobación de las entidades regulatorias.

Manula

Increíblemente, en nuestro país el agronegocio y su prensa vocera siguen negando las características tóxicas de la molécula hoy de Bayer, mientras su utilización no deja de aumentar generando nuevas y crecientes exposiciones para lxs argentinxs.

EL HERBICIDA DEL CÁNCER

Glifosato es un herbicida muy potente, un mata-yuyos general como dice la empresa. Bloquea una vía metabólica de síntesis de proteínas esencial para las plantas, salvo las plantas transgénicas a las que se les ha generado una vía metabólica alternativa por bioingeniería. Se utiliza para limpiar los predios de yuyos (malezas) y que todos los nutrientes de la tierra, el sol y el agua de la lluvia queden disponibles solo para el cultivo de soja o de maíz, y también se utiliza en plantíos no transgénicos, antes de sembrar, para desmalezar químicamente los predios y antes de cultivar, para que el cultivo muera rápido cuando ya está maduro y poder cosecharlo (desecante).

El problema que no consideraban los ingenieros (tal vez si los gerentes) es que las plantas se van adaptando al químico y este pierde su potencia herbicida, situación que demanda aumentar las dosis de aplicación y mezclarlo con otras sustancias más tóxicas aún.

Un avión fumigando un campo.

Cuando se comenzó a utilizar en 1996 se aplicaban 3 litros de Round Up por año y por hectárea y ahora para lograr los mismos efectos se necesitan 12 o más litros en la misma hectárea y mezclarlo con 2.4D o paraquad. Esto garantiza mayores ventas año a año para la industria de estos venenos y también dosis crecientes de exposición para las poblaciones vecinas.

En 2018 se aplicaron 500 millones de litros de agrotóxicos en este país, 325 millones de litros de glifosato. Esto significa una carga de exposición de 7,4 litros por argentinx por año, pero en los pueblos fumigados donde se concentran las aplicaciones esta carga llega a los 80 litros por persona por año y son las poblaciones con más impacto en la salud.

Mi situación particular chocó con el glifosato cuando siendo Subsecretario de Salud de la Ciudad de Córdoba me encontré con que Barrio Ituzaingo, en el límite de la ciudad con el campo, tenía 200 enfermos de cáncer, cuando según nuestra prevalencia debía tener solo 48. Allí descubrimos que la población estaba expuesta al glifosato que se aplicaba en los campos vecinos, que la deriva los alcanzaba irremediablemente, que no se disolvía al tocar el suelo como decía la propaganda de Monsanto y que dos meses después aun lo podíamos medir. Lo más grave es que no era “atóxico”, como repetían como loros sus agrónomos cooptados y revendedores. Las tasas de hipotiroidismo, asma, malformaciones congénitas y abortos espontáneos eran entre 2 y 3 veces mayores a las esperadas. El conflicto en este barrio se prolongó porque los “productores” ignoraban nuestras ordenanzas de prohibición de fumigaciones y seguían con las mismas prácticas. Finalmente tuvimos que denunciarlos penalmente y, en un juicio ejemplar, logramos que se los condene por poner en peligro la salud pública.

Desde la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) pudimos continuar investigando los efectos de la exposición del glifosato en la salud. En Monte Maíz, un pueblo de la zona núcleo sojera, pudimos medir carga de exposiciones, incidencia de enfermedades y niveles de contaminación ambiental que se resumen en dos trabajos ya concretados en publicaciones norteamericanas, unas sobre cáncer y otra sobre abortos y malformaciones, y pronto se publicará otra sobre asma. Nuestros mismos hallazgos los verifica la Universidad Nacional de Rosario (UNR) en relevamientos realizados en más de 30 pueblos fumigados.

Pero además la Agencia Internacional de Investigaciones sobre cáncer (IARC) de la OMS reconoce su carácter cancerígeno. La IARC realizó una extensa revisión de los trabajos independientes de la industria, de 1.000 estudios sobre glifosato en 2014. Seleccionó 200, 20 de ellos son papers de investigadores argentinos de nuestro sistema científico público, entre ellos uno del doctor Andrés Carrasco quien fue duramente perseguido y denostado por los doctores Lino Barañao y Roberto Salvarezza, autoridades del CONICET. El Ministro de Ciencia y Tecnología de los dos anteriores gobiernos (Barañao) decía que glifosato es igual al agua con sal y que se puede beber sin riesgos.

Estos estudios argentinos demuestran que produce daño genético en ratas, induciendo la generación de células mutantes que se convierten en cáncer si no son eliminadas. Ese daño genético es el que explica también los abortos espontáneos o la mayor frecuencia de recién nacidos malformados. Nuestros investigadores también demostraron que las personas que viven en zonas fumigadas tienen el mismo nivel de daño genético que el que sufren las ratas en sus experimentos, sin necesidad de inyectarles el glifosato, porque lo adquieren del ambiente contaminado.

Lxs humanxs necesitamos tres fuentes de provisión para poder vivir. La primera es el aire que respiramos, que debe ser puro y libre de contaminantes. En cinco pueblos de Córdoba medimos glifosato en agua que recogimos de la lluvia, todos tenían el agrotóxico. En Barrio Ituzaingo llovía con 65 microgramos de glifosato por litro de agua, el estudio norteamericano de referencia había encontrado como máximo 2 microgramos. Cuando llueve con glifosato es porque el aire de la atmósfera está cargado del veneno. Después de 30 mm. de lluvia ya no se recupera más, porque se limpió todo el aire de debajo de las nubes. Esto demuestra la enorme contaminación que generan las fumigaciones y cómo son una mentira las Buenas Prácticas Agrícolas que nos quieren hacer creer que el agrotóxico aplicado queda en el predio y no se mueve por todo el ambiente.

Otra fuente vital es el agua. Desgraciadamente, los estudios de contaminación de los pozos de agua subterránea de Pergamino realizados por la Justicia Federal el año pasado muestran que las napas de provisión se cargan con los agrotóxicos que se aplican en la superficie. Niños, mujeres embarazadas y ancianos —toda la población— toman esa agua, se bañan y cocinan con ella. Esta situación no es exclusiva de Pergamino. Los estudios más recientes de agua potable de fuente subterránea en Buenos Aires demuestran su presencia.

La última provisión cotidiana de lxs humanxs son los alimentos. Con el sistema de agricultura actual la contaminación es general. En Alemania, las cervezas de primeras marcas dan positivo para glifosato al igual que los vinos de California y las fórmulas infantiles lácteas en Estados Unidos.

Las agencias de control ambiental EPA norteamericana y EFSA europea siguen considerando al glifosato como no peligroso y se sustentan en los trabajos de bioseguridad presentados por Monsanto. Muchos de ellos son secretos y con serios conflictos de intereses. Además, la EFSA en la última renovación se sustentó en el informe de la agencia alemana, que directamente no consideró los estudios de científicos independientes (universitarios). Sólo utilizó los que presento Bayer/Monsanto.

MERCADO MUNDIAL DE ALIMENTOS

No hay mercado más apetecible para los monopolios que el de los alimentos. Todos los habitantes del planeta pretenden comer todos los días, y en lo posible más de una vez. Controlar ese mercado es un viejo anhelo del capital y ahora está más cerca de concretarse.

El agronegocio proclama que su objetivo es alimentar a un mundo con hambre. Un mundo con 7.000 millones de habitantes que, para la OMS en 2010, tenía 900 millones de personas con hambre y también 2.300 millones de personas obesas, porque la publicidad incita a comer comida chatarra sin limitación. Pero la Agencia de la Agricultura y la Alimentación de la ONU, FAO, informa que desde 1987 no faltan alimentos para toda la población planetaria y que desde entonces es más rápida la producción de alimentos que la reproducción de la población. La FAO también informa que se descarta, se tira a la basura sin consumir, un tercio de los alimentos producidos en un año, principalmente en los países ricos. Los datos son contundentes, el hambre del mundo no se debe a falta de alimentos. Hay suficientes, pero se distribuyen según la capacidad de pagar y no según las necesidades de la población, según su derecho.

Monsanto era el principal jugador del agronegocio en este mercado mundial a comienzos del siglo. Hegemonizaba el mercado de semillas transgénicas, que eran la llave del mercado y su elemento más dinámico. Pero la falacia ecológica los llevo a la quiebra y se los comió Bayer. Las semillas no fueron lo más dinámico del mercado, ese rol lo realizaron los agrotóxicos, cuyo consumo y la dependencia de los agricultores de su utilización, dispararon las ventas en menos de una década. Bayer, dueña de una cartera de agrotóxicos muy amplia, se convirtió en el jugador estratégico del mercado absorbiendo a Monsanto.

Ahora Bayer se plantea pagar los daños como hicieron las tabacaleras hace 30 años y continuar con el negocio, colocando en el membrete que sus productos son cancerígenos, como actualmente tienen las etiquetas de cigarrillos, pero continuará en el mismo camino. El problema es que, a diferencia de los cigarrillos, no se daña solamente o preferencialmente el fumador. Aquí con los agrotóxicos dañamos al ambiente, a los vecinos y se contaminan los alimentos. Se requieren Estados activos, que no sólo nos protejan del coronavirus.

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NEURONAS

Las neuronas son las células esenciales de nuestro cerebro y lxs humanxs tenemos casi 100.000 millones, la mayor cantidad entre todas las especies; están casi todas ya reproducidas al nacer, pero durante los dos primeros años de vida se produce su maduración y sobre todo su interconexión y de este proceso van a depender nuestras capacidades intelectuales y afectivas. Esa interconexión se constituye por lo que se denomina formación de sinapsis, crecimiento dendrítico y ramificación neuronal. Es un proceso complicado y central en la formación del cerebro humano.

La doctora Silvana Rosso del CONICET y la UNRosario demostró en 2016 la neurotoxicidad del glifosato, en cultivo de neuronas expuestas a cantidades mínimas del herbicida. Esta neurotoxicidad se expresa en que las neuronas crecieron con bajísimo crecimiento dendrítico (poca interconexión), como se observa en las imágenes, comparando con las neuronas de control (sin glifosato); lo que implica un serio riesgo para el desarrollo intelectual pudiendo generar trastornos del espectro autista.

Un año después, la revista científica médica número uno del mundo, British Medical Journal, publicó un extenso estudio de casos/controles de la Universidad de California donde se comparan 3.000 niños con trastorno autista y/o discapacidad intelectual apareados con 30.000 niños de condiciones comparables, pero sanos. El resultado fue que la exposición prenatal de la madre a glifosato generaba un 30% más de riesgo autista y si continuaba el primer año, el impacto era un 50% mayor. Este estudio poblacional confirmaba los hallazgos de la doctora Rosso en el cerebro en desarrollo.

Más allá de que Bayer pague sus juicios, no queremos más riesgos neurotóxicos para los hijos de nuestro pueblo. Es urgente instaurar una política de reducción de uso de agrotoxícos hasta su eliminación total, como ya se está haciendo en otros países, y avanzar en una transición agroecológica.

* Medardo Ávila Vázquez es médico e integra la Red Universitaria de Ambiente y Salud / Médicos de Pueblos Fumigados.

* Este artículo fue publicado en El Cohete a la Luna en su edición del 5/7/2020 bajo el título "El cerebro del glifosato".

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