En un prostíbulo del interior, la Justicia secuestró un cuaderno con la historia de una mujer. Cuenta que está encerrada, incomunicada, trabajando por poco dinero. Los proxenetas fueron absueltos.

Una de las páginas del diario de “Julieta”.

El cuaderno Potosí de 24 hojas estaba dentro de una cartera roja, en una de las habitaciones del prostíbulo “La Curva”, sobre la ruta Provincial N°11, cerca de Isla Verde, al este de Córdoba. Es un diario íntimo y lo firma “Julieta”.

Con letra desesperada, en mayúsculas, escribió:

“Estoy asustada, estoy en el medio del campo sin comunicación y sin poder hablar con mis padres. Si sólo pudiera llamarlos para saber cómo están sin levantar sospechas. Mi amiga está haciendo todo lo posible para que yo no corra ningún peligro, estos hijos de puta le han exigido más plata y yo anoche pude hacer un ‘pase’ solo, estoy tan desesperada”.

“La Curva” estaba pegado a otro prostíbulo conocido como “La Isla”. Según sus dueños, pese a que están prohibidos desde 1937, funcionaban cada noche, “de lunes a lunes”, con “habilitación municipal y policial”. Ambos fueron allanados el 3 de junio de 2011. Esa noche, en “La Curva” había siete mujeres: dos paraguayas, una dominicana, cuatro argentinas. Ninguna era “Julieta” y ninguna –dijeron– usaba ese nombre de fantasía.

De “Julieta” sólo se sabe lo que el cuaderno deja entrever: que sus padres vivían en Santa Fe, que no era su primera vez en un prostíbulo, que una amiga suya la trajo a Córdoba para “estar segura”, que había sido castigada, que estaba enamorada de Aldo, que Aldo no la correspondía, que se sentía sola y que había soñado con otra cosa: “Por qué me habré metido en esta vida si yo de niña juré que no lo iba a hacer”.

La Justicia demoró seis años en llevar a juicio a Sergio Moyano, Juan José Piva y Juan Blanco, dueños y encargado de los locales. Sin embargo, el 31 de mayo pasado, el Tribunal Oral Federal N°2 de Córdoba los absolvió de los delitos “trata de personas con fines de explotación sexual”. Como “Julieta” no era una de las víctimas, pues nunca se la identificó, su cuaderno fue desestimado como prueba. Ese testimonio para los jueces es “una mera conjetura de situación de vulnerabilidad que por las razones  referidas no puede ser sostenida”.

En otro pasaje, el diario de “Julieta” dice: “Estoy desesperada y sólo quiero irme de acá, sin explicarle a nadie”. También habla del dinero diario que recibe: “Tengo que sacar 400 por día, hoy estoy sacando 138”, y de las metas que se pone, aún en una situación que parece desesperante: “Tengo que lograr lo que quiero, a pesar de que esté encerrada y no salga a ningún lado, cada vez veo que se me cae más el pelo y también vivo con miedo, pero mi meta es llegar a los 15.000 pesos”.

El fiscal Carlos Gonella había solicitado penas de 5 y 4 años para los acusados, pero el tribunal les otorgó el beneficio de la duda y los absolvió: En los fundamentos, los jueces consideraron que aunque las mujeres eran personas pobres, no eran necesariamente vulnerables (una de las víctimas dijo: “llegue al lugar porque me sentía tan desesperada, tenía que darle de comer a mis hijos”); que los acusados desconocían que cometieron un delito ya que pagaban habilitación policial; que no se quedaban con parte de dinero de las mujeres; y que no las retenían, si no que les “brindaban” alojamiento. Ahora el fiscal Gonella presentó un recurso de casación ante la Cámara para que sea anulado el fallo por “vicios lógicos en la argumentación”, es decir que existían pruebas que fueron valoradas de manera “viciosa”. Por ejemplo, el Tribunal llama a la actividad realizada por las mujeres, “trabajo”.

“Julieta”, quien quiera que haya sido, mientras estuvo en “La Curva” trabajó de lunes a lunes desde las 23 hasta que el local quedaba vacío, tenía sexo por un mínimo de 100 pesos, y parte de ese dinero era la comisión. En su diario, se muestra dolida por la traición de Aldo. “Me gusta lo prohibido, pero no me gusta llorar”, escribe, y remata: “Sufro de un amor espontáneo”.

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