La declaración de Gustavo López, uno de los acusados, fue contundente. Dijo que lo asesinaron a sangre fría. La primera audiencia por el crimen de “Paco” García fue dramática.

Máxima tensión: Gustavo López declara sobre el crímen y acusa a los hermanos Malter, ubicados a su lado. Foto: Mariano Paiz.
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“Creo que al final le ganó el miedo y bueno, disparó”. Así trató de explicar Gustavo López (45) el instante en que -en medio de un campo de 500 hectáreas, bajo la luna llena- Carlos Malter levantó su escopeta 12/70 y desde atrás, a menos de cinco metros de distancia, le voló la cabeza de un tiro a Pablo “Paco” García, que discutía con Julio César, el mayor de los Malter. Los tres eran cazadores y se habían cruzado esa noche del 27 de agosto de 2015, esperando furtivos a los chanchos del monte que abundan en la zona de Anisacate, cerca de Alta Gracia. López era empleado de los hermanos, los seguía por detrás con una cuchilla para carnear la presa.

Durante varios meses, el crimen se investigó como un accidente entre cazadores, hasta que López, quebró el pacto de silencio. Y ayer, en la primera audiencia que se les sigue en  la Cámara 12 del Crimen, integrada con jurados populares, el changarín imputado como “partícipe necesario” del homicidio volvió a confesar lo que vio en lo que define como: “La noche más negra de mi vida”.

“Fue una discusión por el tema campo, por el lugar en el que estaba cazando.  Lo vimos con los binoculares como a 35 metros. Estaba arrodillado, como para disparar. Carlos y Julio Salieron corriendo y lo encararon. Julio discutió fuerte, García le contestaba”, dijo López.

Un rato antes, los hermanos Malter habían contado su versión: dijeron que la víctima dormía y roncaba tendido en una reposera a unos 40 metros en el monte, que ellos vieron el bulto y escucharon un “bufido, como del bicho”, y dispararon.  Alumbraron con una linterna y vieron que “la ropa se le alumbraba”. Corrieron asustados: “Pensé que era un marciano, o el diablo mismo”, llegó a decir Carlos.

El tribunal encargado de juzgar el caso. Foto: Mariano Paiz.

Pero la estrategia defensiva se deshizo como un castillo de arena bajo la lluvia, con cada palabra que declaraba López, que entre otras cosas, pidió perdón a la familia y a los jueces por no haberse atrevido a contar lo que vio antes.

El hombre comenzó a declarar con la voz temblorosa. “No sé cómo encontrarle respuesta a las cosas”, “tengo miedo”, “la peor noche”, “una pesadilla”, fueron las frases que repitió, hasta que por fin dijo: “No puedo seguir”. Entonces el fiscal de Cámara, Mariano Antuña, sugirió sacar de la sala los otros co-imputados.

Recién entonces el discurso de López se destrabó: contó cómo lo vieron y también, como lo abordaron. Él se ubicó como un observador pasivo. “En un momento -dijo-, García hizo un movimiento con la escopeta. Fue leve, la dejó bajar, o algo así. Y entonces Carlos, que lo había rodeado desde atrás, le disparó”.

De acuerdo con la declaración de López, el cuerpo de “Paco” no alcanzó a llegar al suelo. “Lo agarramos en el aire, lo acomodamos en la reposera y nos fuimos”, dijo. “Estábamos muy nerviosos, llorábamos. Yo propuse llamar a la policía. Me dijeron que tenía que decir que fue un accidente, si no me iba a pasar lo mismo”, agregó.

Con su declaración López sentenció  la suerte de los hermanos Malter en este juicio. Las pruebas materiales serán claves para confirmar sus dichos. En principio, la balística sostiene que el disparo fue hecho a más de un metro de distancia y a menos de 5, y no a 40 metros, como afirman los Malter.

Queda por saber cuál fue el “móvil” de semejante crimen, aunque no es lo que debe resolver el juicio (se juzgan hechos, no motivaciones). ¿Por qué lo asesinaron, si no lo conocían? ¿Por un chancho? ¿Es tan insoportable la tensión entre tres hombres armados que discuten en medio de la noche, como para que alguien decida cortar con un disparo? Eso intentó explicar López cuando dijo que al menor de los Malter, de 29 años entonces, la primaria incompleta, tartamudo y silencioso, “le ganó el miedo”.

AMENAZAS

Cuando los jueces ordenaron retirar a los hermanos Malter de la sala, López hizo un clic. Su relato siempre fue dramático, insistió que “hasta el día de hoy” sigue teniendo miedo, pero ya no era el hombre tembloroso que titubeaba en el banquillo de acusados.

Gustavo López, Julio Malter y Carlos Malter. Foto: Mariano Paiz.

López dijo que después del disparo, los hermanos actuaron “fríos”. “A mí se me  nubló la mente. Tuve mucho miedo. Me dijeron que si hablaba me pasaría lo mismo que al muchacho ese”, recordó. Su casa colinda con uno de los alambrados del campo “El Tala”, de 500 hectáreas. Dijo que tras acomodar el cuerpo, llegaron a su casa a las 2 de la madrugada.

“A mí no me gustaba cazar, me gustaba carnear a los animales. Me pagaban con un poco de carne, me gusta comer esa carne”, señaló. Una vez que lo dejaron en su casa, López agarró la cuchilla que llevaba en la mochila y se acostó. No pegó un ojo.

Al día siguiente comenzaron las llamadas de Julio César Malter, el mayor de los hermanos. Dijo que lo acosaba, que le señalaba que debía declarar: “La estrategia era que yo y Carlos fuéramos presos y él quedará libre, para pagar los abogados”, decía.

La presión siguió en el pabellón E3 de Bouwer. “Me levantaba a las 8 para tomar mate. Julio César se venía conmigo y otra vez empezaba con la cantaleta: ‘Que ya sabes lo que tenés que decir’, me insistía”. Las caras de los abogados defensores de los Malter (tiene representantes distintos) se desfiguraba con la declaración. López dijo que tuvo que dejar la escuela en Bouwer, para evitar cruzárselos.

TESTIMONIO

La audiencia comenzó con la declaración de ambos hermanos. El primero en hablar fue Carlos, bajo, menudo, comenzó con un relato que se hizo difícil de seguir para los jurados, tartamudeando, nervioso, contó que ese día entró al campo con su hermano y López. Eran  las 16. Tenían autorización del dueño. Llevaban una carretilla y las armas. “A eso de las doce y media vimos desde la loma cuatro animales. Bajamos, pero ya no estaban. Ahí fue que escuchamos un ronquido, un bufido así”, dijo, y resopló el micrófono.

La declaración de los tres imputados coincide cuando relatan qué sucedió desde las 16 hasta las 00.30. Luego, cambian. La de López, contrapone a la de los Malter. Carlos dice que apuntó el arma a unos 35 metros y disparó. “Mi hermano agarró la linterna, alumbró, y salió corriendo a los gritos”, dijo.

El disparo fue efectuado con una escopeta calibre 12/70, pero cargada no con cartuchos convencionales, sino con un proyectil masivo, de plomo, como una bala, usado para rematar a los jabalíes cuando quedan heridos.

El juicio, en adelante, se convertirá en un cruce entre los abogados defensores, que tienen estrategias diferentes. Ayer fue un mal día para Lucas de Olmos, representante de Carlos Malter, y para el abogado del estudio de Carlos Nayi que representa a su hermano. Resta saber si las pruebas materiales confirman o no la confesión de López.

El cuerpo de “Paco” fue encontrado al día siguiente, sentado en una reposera, con su arma en una mano y la linterna en la otra. El caso tomó notoriedad por la crueldad del crimen y por el giro en la investigación. Durante los seis primeros meses, el fiscal Emilio Drazile investigó un accidente. Creyó en la versión de los Malter, que hasta llegaron a burlarse en radio: “Si ese hombre tenía sueño, hubiera ido a dormir y roncar a su casa, no en el campo”, dijo Julio César en una FM local.

La hipótesis cambió a raíz de la insistencia de la familia de la víctima. Con Peralta Ottonelo a cargo, el caso dio un giro y fue cuando López se decidió a hablar. Ahora son juzgados por “homicidio doblemente agravado por alevosía y concurso premeditado de dos o más personas” y “agravado por el uso de arma de fuego”.

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