Habló casi nada en relación a las miles de fojas que insumieron los casos por los que fue juzgado y condenado quince veces. Tampoco tenía buena relación con la mayor parte de sus camaradas enjuiciados. Se llevó el secreto del lugar dónde fueron enterradas sus víctimas, como una especie de venganza íntima y final por lo que consideraba una derrota de la misión de la dictadura. Se fue en silencio. Se fue solo.

Luciano Benjamín Menéndez comparece por teleconferencia en uno de los juicios de Lesa Humanidad. Foto: Sebastian Salguero.
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[MURIÓ EL GENOCIDA MENÉNDEZ] El hombre que alguna vez creyó en un destino de Jefe de una dictadura sin final, en pronunciar el sentido del golpe aún más a la derecha de donde estuvo, murió solo. Dijo más o menos lo mismo en todos los juicios a los que fue sometido: Argentina vivió la Tercera Guerra Mundial entre Occidente y el marxismo. Con ese esquema justificó sus días, su soledad y también, su derrota.

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Tan solo como cuando los hombres del Ejército que lo perseguían para detenerlo el 9 de octubre de 1979, después de su fallido intento de golpe dentro del golpe, lo hallaron escondido detrás de un árbol, en un campo de Jesús María. Roberto Eduardo Viola acabó con su enloquecida y caricaturesca acción, lo apresó, lo mantuvo detenido 90 días y lo mandó a su casa, el mismo espacio en el que caminó casi hasta sus últimos días.

Si se quiere, aquel fue su primer final.

De su soberbia hablan los testimonios de los que sobrevivieron a las cárceles dictatoriales y los campos de concentración. Las fotos, de antes y ahora. Y su actitud de participar hasta que pudo, hasta principios de este siglo, de los actos formales del III Cuerpo, el lugar donde fue “El general Menéndez” y orquestó sus crímenes. Sobreviven testimonios gráficos de mediados de los ’90, en los que está flanqueado por la ex jueza federal, Cristina Garzón de Lascano, y el actual ministro de Defensa, Oscar Aguad. Delante de ellos aparece el ex gobernador Ramón Mestre.

Luciano Benjamín Menéndez entre Cristina Garzón de Lascano y Oscar Aguad, en un acto en el III Cuerpo de Ejército, a mediados de los años ’90. Foto: Gentileza La Voz del Interior.

Amo y señor que puso los tanques en la avenida Colón, en 1979, para intimidar a la Junta de Gobierno en Buenos Aires, y jugar su destino de jefe. Pero llegó apenas hasta ahí, hasta la avenida Colón. Su nombre se escribe desde entonces con equivalencia al de Ramón Camps, Antonio Domingo Bussi, o Miguel Echecolats. El de “los gurkas” de la dictadura. Hay una diferencia: Cachorro también fue artífice de la aplicación más eficaz y sanguinaria del Terrorismo de Estado, organizando los campos de concentración de La Ribera primero y La Perla después. Unificando la acción de todas las fuerzas de seguridad y militares bajo su comando, incluso antes del golpe del 24 de marzo.

Cruel, como en una oportunidad, en el Penal de San Martín, en Córdoba, mientras recorría la cárcel de los presos políticos, en la que abrió la puerta de una “celda de castigo”, de dos metros por dos metros, y encontró a un hombre parado, quieto, entumecido. Con esa puerta que había estado cerrada durante días, se abrieron en libertad los olores insoportables de los excrementos.

Fue recién entonces que el militar de guardia le preguntó: “-General, ¿podemos llevarlo a otro lado?, este hombre no tiene más lugar para estar”.

Dicen que Menéndez miró los pies del cuerpo desnudo y sucio de semanas y respondió: “-Sí, tiene lugar… Debajo de sus pies”.

También, el que iba a La Perla. Recuerdan los sobrevivientes que cada vez que visitaba el campo de concentración había traslados. Es decir, personas secuestradas que eran sacadas de allí rumbo a la muerte. Siempre. Los testimonios señalan que al camión Mercedes Benz, verde oliva, que los llevaba, le pusieron “Menéndez Benz”. A ese punto había elevado su símbolo de horror y omnipresencia.

O el que firmaba comunicados mentirosos, como el del 17 de mayo de 1976. “El comandante del III Cuerpo de Ejército comunica que siendo aproximadamente las 22.30 horas, en circunstancias que una comisión policial trasladaba a seis delincuentes subversivos por la calle Neuquén al 700, fue atacada por otros delincuentes que ocupaban dos o tres automóviles con el evidente propósito de rescatarlos, abriendo fuego contra la comisión policial, la que reaccionó de inmediato”. Esa noche, “la comisión policial” del texto de prensa, que estaba integrada por miembros de la D-2, la División de Inteligencia de la Policía cordobesa, mató a Miguel Angel Mozé, José Svaguza, Ricardo Verón, Eduardo Hernández, Ricardo Yung y Diana Fidelman, todos detenidos políticos en la UP1, de barrio San Martín. Como en cada uno de los nueve operativos que culminaron con 28 fusilamientos y otros dos asesinatos en el interior del penal, ningún efectivo militar o policial resultó siquiera rasguñado. Era pura mentira, como lo prueba el expediente judicial, la existencia de enfrentamientos: los grupos de exterminio cargaban a hombres y mujeres, torturados, muchas veces incapacitados hasta para caminar, y los fusilaban.

Menéndez fue uno de los generales con los que Jorge Rafael Videla y Roberto Eduardo Viola, a mediados de los 70, cuando la subversión del orden institucional estaba a punto de ser concretada, elaboraron el “putch” que cambió la historia del país. Era uno de los militares de la línea antiperonista y anticomunista más acérrima y profundamente católico. Vino a Córdoba como segundo del general Alberto Numa Laplane y en agosto de 1975 se convirtió en titular del III Cuerpo. Entre ese mes y marzo de 1976, en Córdoba fueron secuestradas más de 50 personas a manos del D-2 y del Comando Libertadores de América y el Campo de La Ribera, dejó de ser prisión militar, para transformarse en un campo de concentración.

La mano del terror, dijo que la guerrilla urbana ya estaba derrotada en 1975, después del fallido intento de copamiento del Regimiento de Monte Chingolo, y que él y sus camaradas de armas ejecutaron el golpe para acabar con “la subversión” en las fábricas y las universidades. Por eso, en esta provincia, más del 70 por ciento de los secuestrados y desaparecidos fueron obreros, estudiantes y profesionales.

Antes de ser detenido nada más que hace casi una década, solía ir de compras junto a su mujer, a un supermercado Disco de la avenida Rafael Núñez, como si nada pudiera pasarle, pero su silueta era la representación del horror caminando. Nadie lo saludaba, nadie parecía querer recordarlo y nadie, tampoco, parecía atreverse a insultarlo. Es que la distancia, la imposibilidad de alcanzar y ser alcanzado, es también una forma de soledad. Quizá la soledad de un hombre muerto en vida.

El periodista Juan Manuel Mannarino relató que en marzo de 1997, Alberto Salguero Vaca Narvaja lo noqueó en plena calle. Quizá sea el único que pudo hacerlo; que lo sacó de su dimensión de fantasma.

El cardenal Raúl Primatesta, el general Menéndez y Jorge Rafael Videla, de perfil.

Dicen que con los años, los amigos que lo visitaban en su chalet pintado de blanco en el barrio de Bajo Palermo fueron dejando de ir. Algunos porque los alcanzó la muerte antes que a él. Otros, porque simplemente decidieron enterrarlo en su memoria.

Hasta que estuvo vivo Raúl Primatesta, contó con protección divina. Ese manto protector fue fundamental para demorar las investigaciones judiciales y hacer lugar a las decenas de recursos retardatarios en los ’80; y absolutorios, en los ’90. Cuando la Justicia declaró la inconstitucionalidad de las leyes del perdón el 14 de junio de 2005, ya el viejo cardenal había perdido su influencia y no podía cobijarlo. Con el viento de cola que significó el kirchnerismo para abrir los juicios por el Terrorismo de Estado, fue quedando cada vez más aislado y finalmente fue detenido. A partir de ese momento, los jueces y funcionarios judiciales “amigos” continuaron protegiéndose a sí mismos y se olvidaron de él.

La verdad es que este hombre que estuvo solo y esperó con la boca cerrada el día que lo alcanzara la muerte, produce escalofríos. Se llevó con él, el secreto del destino de los desaparecidos en Córdoba y las provincias que estuvieron bajo su bota.  Por eso, es que se parecía a un fantasma en el supermercado. O en la sala de audiencias de los Tribunales Federales, donde bostezaba y se dormía cada tanto. Cierto, es que también el dictador tiene reservado en la historia, un sitio diferente y contrapuesto al destino de triunfante general romano y vencedor con el que soñó. Por el contrario, su nombre se continuará con el de asesino. Como todos los dictadores, no podrá descansar en paz.

[MURIÓ EL GENOCIDA MENÉNDEZ]

Con la muerte del hombre que lo pergeñó ¿muere también el pacto de silencio?.

Mackentor, el caso que conecta a los militares con un sector del poder económico.

“Cachorro”, el dictador que murió en soledad y sin poder cumplir su sueño de perpetuidad.

El represor que amaba las flores.

Murió el genocida Menéndez, uno de los jerarcas de la última dictadura cívico-militar.

El general no estuvo solo, tuvo como socios a muchos jueces y empresarios argentinos.

El cuchillo del general.

La Corte confirmó la condena a perpetua de Menéndez por el crimen del obispo Angelelli.

Para el tribunal, Otero Álvarez no estaba obligado a denunciar violaciones a los derechos humanos.

Murió Víctor Martínez, el hombre que negociaba con la dictadura y terminó siendo vicepresidente.

Murió Eduardo César Angeloz, el radical que hizo campaña con un lápiz rojo.

Complicidad civil con la dictadura: dos condenas y dos absoluciones de funcionarios judiciales.

Juicio de los Magistrados: En 1990 la CIDH ya hablaba de complicidad entre Justicia y dictadura.

En Inglaterra murió Charlie Moore: Requiem para un hombre invisible.

Los Jueces del Poder.

Yanicelli cobra una jubilación de $52.335,31 y sigue siendo policía.

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