El periodismo es igual al de siempre y, a la vez, totalmente diferente. Este 7 de junio encuentra al "mejor oficio del mundo", como solía decir Gabriel García Márquez, en medio de fuertes tensiones, internas por los alcances de la tarea, y externas, por la modificación del mercado y las tecnologías.

En primer lugar, un saludo a todos los compañeros y compañeras que desarrollan su tarea con honestidad, pasión y rigor profesional, poniendo, muchas veces, en juego vidas y trabajo para contar historias (en sentido amplio, escribiendo, con imágenes o con infografías u otros recursos técnicos) de valor e interés público. Desde el pueblo más pequeño, a la ciudad más inmensa.

También un recuerdo a los periodistas que ya no están entre nosotros, como el Negro Reyna o Jorge Camarasa, que siguen inspirando nuestra tarea como cuando compartíamos una nota, una idea, una polémica o un asado. Una experiencia de la cual no se puede prescindir al conmemorar este día.

Otra situación que anuncia la prolongación de los valores fundamentales de este noble oficio, es la de los cientos de jóvenes que año a año se suman o se plantean hacerlo y que aportan sus miradas particulares y habilidades para disputar un lugar para la información en el menú de las sociedades post-modernas en las que vivimos.

Por cierto, hay un nuevo escenario, el de las audiencias minuto a minuto e interactuando con los periodistas. Las nuevas tecnologías modificaron, en parte, el modo en que se desarrolla el periodismo. Hoy tenemos más herramientas para contar historias, pero mayor presión del mercado (empresas, anunciantes y audiencias) de publicar el “diario de Yrigoyen”, esto es lo que las personas quieren consumir (ver, escuchar o leer). Con la ayuda de los algoritmos de Facebook, otras redes sociales y Google, esa corriente se fortalece, al punto, que al menos teóricamente, podría suceder que vivamos en una burbuja. Exactamente lo que le sucedió al ex presidente argentino, Hipólito Yrigoyen, al final de su segundo mandato, que terminó con el primer golpe de Estado en el lejanísimo 1930.

Dos factores se conjugan, además del tecnológico: la derrota del ecosistema informativo frente al entretenimiento entre la última década del siglo pasado y la primera de este; y la consolidación de una corriente de consumo basada en la oferta monopólica o dominante, que se basa en construir religiones informativas y culturales. Esto es, CREER, sin importar si es verdad o mentira.

El periodismo sigue siendo el mismo: un hecho es verdad o es mentira. Sucedió o no sucedió. Es revelarlo, por más que se oculte. Es contarlo, con honestidad, profesionalismo y del mejor modo posible, tanto en términos individuales como colectivos. La interpretación y la opinión surgen como consecuencia de los hechos y las ideologías, y el periodismo aporta por esa vía a ese debate necesario y constituyente de la Democracia. De ahí, que la información es un bien social y la información debe ser de “interés público”, para que las personas tomen sus decisiones y de ese modo fortalezcan la democracia. Sin periodismo, sin medios de comunicación, no hay libertad de expresión y sin el ejercicio de ese derecho, tampoco hay democracia. Por eso, no es un problema sólo de los periodistas, sino de la sociedad en general.

Esa tensión entre mercado y libertad de expresión (periodismo), no se puede ocultar.

Ninguna herramienta tecnológica de las que conocemos hasta el presente, es más democrática que la expresión y las voces múltiples. Los algoritmos permiten hacer grandes negocios, pero no cumplen con el rol del debate plural.

Y a la hora del final, no quiero dejar de decir que nada sigue siendo más inspirador que las historias bien contadas.

15 MINUTOS. Es un espacio breve para reflexión, análisis y puesta en escena de temas, hechos y personajes. Se inspira en la película “15 minutos” (2001, John Herzfeld).

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